Algunas insistencias y ciertas precisiones, por Sergio Schmucler

Fotograma de El fin de la Espera, de Francisco D'Intino

Fotograma de El fin de la Espera, de Francisco D’Intino

En Deodoro N° 57 publicamos una carta abierta del director Matías  Herrera Córdoba dirigida a Roger Koza (pero que interpela a la comunidad toda…) en torno al cine realizado en Córdoba.

Fue un puntapié inicial para abrir un debate necesario, cuyas dos primeras respuestas publicamos aquí, con la intención de que el diálogo continúe.

Lo que sigue es un párrafo inicial de la sustanciosa carta de Matías Herrera Córdoba .

“Cuando se publicó la nota de Sergio Schmucler en el diario de izquierda, sentí un alivio, algo estaba siendo cuestionado en Córdoba, se lo agradecí: por fin luego de tantos años se abría un debate, el primer debate del llamado «cine cordobés». Pero por su planteo descalificador hacia los filmes, los festivales, los críticos, etc., la reflexión fue escasa y mucha la opinión (…) Me cuentan que en el último Festival de Cine de Cosquín, en la charla sobre cine cordobés pasó algo similar a la repercusión de la nota (…) También me contaron que en la charla de Cosquín dijiste que El grillo era una película fallida”

Aprovechando el convite a escribir que me hizo la redacción, voy a hacer referencia a dos intervenciones realizadas en el mismo lugar y casi el mismo momento en que Roger Koza dijo
aquello de película fallida, que disparó la carta en cuestión. Mi intención es señalar algunas aristas que nos ayuden a dejar de lado las opiniones para entrar en el ámbito de la reflexión que, como bien dijo Herrera Córdoba, fue escasamente visitado en aquellas dos ocasiones. Supongo que nadie debería ofenderse: las confrontaciones éticas, estéticas, políticas o ideológicas
nunca son personales. O quizás sí. Antes, una apretadísima enumeración de lo que dije en aquella entrevista: 1. Que estaba en contra de la pasión festivalera. 2. Que consideraba que hasta el momento no hemos hecho ninguna película que podremos recordar dentro de unos años y que, en general, nuestras películas no abandonan cierta mirada adolecente. 3. Que no estaba de acuerdo con los criterios empresariales y comerciales que se montan sobre los subsidios nacionales. 4. Que consideraba que un grupo de críticos estaba haciendo lo que llamé la invención del cine cordobés.
Confrontando con mis cuestionamientos, una productora local aseveró que la diferencia de criterios que nos distanciaba era generacional. En otra intervención, se dijo que mis lamentaciones
constituían una pura negatividad que funcionaba como palo en la rueda de una industria que los cineastas cordobeses venían construyendo con mucho esfuerzo desde hacía una década.
Creo que la distancia entre mis puntos de vista y los que expresaron las intervenciones  no es generacional, ni tiene que ver con optimismos o negativismos, sino con una diferencia de posturas
estéticas, éticas y políticas. Tienen que ver con lo que pensamos sobre el cine, sobre la sociedad, sobre el sentido del arte y sobre el rol del Estado. Me explico a través de un ejemplo: una cosa es
pensar que el destino de una película es recorrer algunos festivales para después exhibirse en una sala dentro de un centro comercial y hacer negocios privados con subsidios públicos, y otra es
distribuir en circuitos alternativos y no especular con la posibilidad de ganar dinero aprovechando
que el Estado apoya la producción cinematográfica. Además, sugerir que plantear un punto de vista diferente, inclusive antagónico, es boicotear, implica, por supuesto, asumir que la idea dominante no admite controversias. Por otra parte, asignarle al cine cordobés un rango etario específico, más que un intento explicativo suena a estratagema mercadotécnica. Lo joven suma (garpa, se dice) a la hora de la valorización mercantil. Esto quizás explicaría la incomprensible costumbre de dejar de lado, a la hora de los recuentos de la producción local actual, a directores como Dintino (¡es aún más viejo que yo!).

Permítanme un último regreso a aquella tarde serrana. Un participante chileno comentó que en Iquique se está filmando mucho, pero que a nadie se le ocurría hablar de cine iquiqueño y menos
de un nuevo cine de Iquique. Lo dijo después de algunas intervenciones que, con notable tono cordobesista, parecían más actos de desagravio que argumentos frente a mis impertinentes
cuestionamientos.

Todos sabemos que decir “producción de cine en Córdoba” no es lo mismo que decir “cine cordobés” ni “fenómeno del cine en Córdoba”. Las dos últimas fórmulas presuponen, a mi
entender, un exclusivismo localista que impide reconocer que lo mismo ocurre, en términos proporcionales, en Mendoza, Catamarca, la Rioja, Salta, Rosario y un buen etcétera de ciudades y
que es gracias a la apertura federal del INCAA y la TV Pública propiciada por el gobierno nacional. En este marco, algunos hacedores audiovisuales y críticos locales, motivados por una optimista
sumatoria en la que se incluyen experiencias diversas (una revista de crítica, el cineclubismo, la presencia en festivales, la excelente performance taquillera de De Caravana en Córdoba, diversos
agrupamientos gremiales y (mini) empresariales, etc), parecen sugerir la idea de que sí ocurre algo excepcional en Córdoba. Algunos lo hacen con gesticulaciones típicas del empresariado hi-tec, y se imaginan frente a una floreciente industria que le dará de comer a miles de cordobeses. Otros, acompañando las novedades con críticas y comentarios siempre elogiosos. Otros, más discretos, simplemente sumergidos en el ejercicio de la alabanza mutua.
Insisto en opinar que de esta manera estamos construyendo, costura por costura, el traje del emperador.

Anexo

En Cosquín traté de aclarar lo que dije en la entrevista del diario de izquierda, les comenté a los críticos presentes que tenía la impresión de nunca haber visto o leído una crítica de alguno de
ellos que hablara negativamente de una película hecha en Córdoba y que, por el contrario, en general las llenaban de adjetivaciones positivas y alentaban el exitismo relativo a participar en
festivales (creo que en ese momento fue cuando Roger Koza, para refutarme, hizo un comentario que incluyó aquello de que, por ejemplo, El Grillo le parecía una película fallida). Varios
participantes del público comentaron que en todo caso esa suerte de operación amorosa no les parecía mal, que el cine cordobés era como un niño al que había que cuidar. Aprovechando
tal viento de cola, la productora de la diferencia generacional subrayó que, inclusive, los críticos eran parte intrínseca de la movida cordobesa. En ese momento creo recordar que también Koza la
interrumpió diciendo algo así como que el rol de la crítica no era andar acunando cines en formación.

A veces, pensé después, se hacen cosas sin saber que se están haciendo. Para resumir mi punto de vista, algunos quizás: quizás nos haría bien dejar de sentirnos especiales respecto al resto del país. Quizás deberíamos pensar menos en los festivales y más en consolidar circuitos alternativos. Quizás nos vendría bien pedirle a los críticos que abandonen (los que la tengan) la mirada condescendiente sobre nuestras obras, que sólo sirve para incentivar el cordobesismo, o (y esto es peor) alguna estrategia mercadotécnica.

Por último, algunos pienso: Pienso que las películas producidas gracias a subsidios estatales tienen que ser exhibidas de manera gratuita (¿cobrar no es, de algún modo, un ilícito ético?). Pienso que el estado provincial no tiene que hacer un polo audiovisual sino implementar una política integral de apoyo al cine (con ley mediante), fundamentalmente dirigida a la exhibición.

Pienso que, como en todo el mundo, las películas que hacemos en Córdoba encarnan alguno de los tres modelos sugeridos por Solanas y Gettino hace tantos años. Eso no sólo incluye las historias que contamos, sino también las distintas estrategias de producción y distribución que, por cierto, son tres maneras distintas de ver el oficio, la política, la cultura, la ética… en fin, la vida. Todo bien con las tres. Convivamos en paz.

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