Asado gourmet: dos degustaciones sobre el disco Asado de Minino Garay

ASADO.CD TAPA

En DEODORO de Noviembre 013.

El músico cordobés residente en Francia visitó su ciudad natal para presentar su más reciente disco anclado en el sonido del cuarteto tradicional. A la par de su presentación quedaron algunas discusiones acerca del género cuartetero, su presente y su futuro, que aquí quedan plasmadas en dos miradas sobre la obra.

 

El patio de la infancia

Pablo Arietti 

Un disco importante suele generar perspectivas disímiles. Cunden ejemplos entre nombres cercanos, cuya simple exposición respectiva de miradas en pugna –recurso facilitado, como tanto, casi podríamos decir como casi todo, por Google o Wikipedia– alcanzarían para intentar completar este espacio. Haciendo gracia de la puesta en valor por oposición a repercusiones que siguen alimentando trabajos vecinos, celebremos, es la propuesta, lo que Minino Garay hizo en “Asado”, su último puñado de canciones que saluda a la música de Córdoba.

La mirada no es otra cosa que distancia. Alejarse, un poco nomás, para dejar entrar. Y volver.

Microscopio: circulitos entre verdes y celestes, insólitos, inmóviles, o moviéndose como pidiendo disculpas. Primerísimo primer plano: una mancha de cabezas verdes amontonadas entre ríos un poco más verdes. Zoom en retirada: una hoja. Un poco más lejos: la rama más retorcida de la tipa más inclinada de la Cañada. Gran angular cenital: procesión de tipas, desde Güemes hasta pasando Humberto Primo. Imagen satelital: Córdoba.

Antes que Google Earth, el vértigo la medianera. Hubo un día en que el tamaño de los colmillos del lobo feroz que aullaba al otro lado de la tapia dejó de importunar el sueño. Sólo había que tomar un poco más de sopa para llegar a treparse y podés creer… Vergüenza de cusquito rengo. Pero al lado, la mitad del cuerpo montado en el lavarropas herrumbrado contra una pila de ladrillos: silenciosa, tremenda, insospechada, desesperante iguana. Si hay malas, de las malas. La complejidad del universo, que ladra en la dejadez de los patios, también gira –y vamos llegando– en un redondel de aluminio y policarbonato para dejarnos pensar en los pliegues de lo que suena, y que oímos sin escuchar.

Un disco con música de Córdoba hecho por un músico que partió hacia el mundo es una forma de plantear que la complejidad abarca precisiones microscópicas y desórdenes de gallinero. Cuando una pregunta se demora, descree de todos los intentos de respuesta. Puede entonces optar por desparramarse en cuatro o cinco interrogantes de cocción rápida. Uno. ¿Minino Garay hizo un disco de cuarteto? Dos. ¿“Asado” evolucionó la música de Córdoba? Tres. ¿Lo que suena es el correlato de un intento por retomar las fuentes? Cuatro. Si todo se mezcla, combina, mixtura, fusiona, ¿hay novedad en el regreso a un pretendido estado puro? Cinco. ¿Se puede revolucionar algo a distancia?

Intentos de respuesta como zapallazos al ojo de una aguja.

Uno. Minino Garay hizo un disco que contiene canciones cuyo sonido puede asociarse al cuarteto tradicional, por el respeto a las marcas formales del género inscriptas en el manual que data de mediados de nunca en la vida. El prólogo del canon jamás escrito sentencia que, como toda práctica ligada a la necesidad de divertir a grupos más bien amplios de personas, el cuarteto se moverá por donde los tiempos decidan su devenir. Mientras enmarcamos el estudio en hipótesis que lo retengan, ya se movió. Se mueve el peronismo, se mueve el fútbol, se mueve la tecnología, se mueve la sexualidad. ¿No se va a mover el cuarteto? Minino Garay es un cuartetero de la primera hora o de la última como primeras y últimas se antojan las páginas del libro de arena.

Dos. Los mejores verbos suelen despeinar para la foto. Entre los más divinos y herejes, “evolucionar”. Hay algo que ha llegado para quedarse, para perseverar en su ser con el cuchillo entre los dientes. Cuando nos dimos cuenta, la evolución se comió el filo. ¿Pero quién necesita una evolución del cuarteto que trascienda lo que apenas desacomoda, cada tanto, el simple aburrimiento? La Leo, Carlitos “Pueblo”, Las Chi Chi, Los Chicos Orly, Chunchulas, Tru La Lá, Gary, Sebastián, Santa Marina, La Barra, Cachumba, Rodrigo, Jean Carlos, Sabroso, Damián Córdoba, La Fiesta, Banda XXI, VanGuardia… Jiménez, estuvieron y (los que siguen) están bien donde están. La producción discográfica es un hervidero para alimentar decenas de miles de personas que todos los fines de semana colman todos y cada uno de los templos del cuarteto. Y en los templos, con distintas sotanas, se reza siempre el mismo rosario. Todo cambia para que nada cambie, para perseverar sin despeinarse, sin mayores inquietudes que las que adornen un poco el tunga tunga de la “Madre Baile”, acaso porque detrás o delante de la música empuja o tira un motor al que le nacen caballos de fuerza a cada rato. Partera de las más prolíficas, la industria de la música que amontonamos en la nomenclatura del cuarteto tiene obstetras, neonatólogos y pediatras con un oído infalible. Si “Asado” viene a significar una evolución, nos tendremos que preguntar, acaso un poco apurados, cuántos de los cientos de miles que en sus tardes de martes, miércoles y jueves escuchan cuarteto para vivir la vida, conocen, no a un disco nuevo que tiene un par de cuartetos, sino al nombre “Minino Garay”.

Tres. “Asado” retoma las fuentes como quien visita a una tía que después de muchos años sigue viviendo en la misma casa chorizo donde supo jugar con sus primos, mientras desfilan agentes inmobiliarios ofreciendo fortunas para convertir la casa en un edificio o playa de estacionamiento. Un poco para espantar caranchos, la visita es una fiesta y la casa se llena de amigos de lujo que no veríamos muy seguido compartiendo tablas en el Súper Deportivo o en el Monumental Sargento Cabral. “Asado” es eso, una juntada acaso irrepetible para jugar a evocar.

Cuatro. “Asado” es la mostaza que Yupanqui le había descubierto al Chango Farías Gómez, pero a contramano. La música popular actual es un vivero abandonado que se riega solo. Todo se fusiona alegremente. Si bien no hay género en nuestro país que desconozca ascendencia, los años mudan el parecido del padre a la madre, funden noviazgos con ritmos que destiñen genes blancos, negros y mestizos y todo es ya una gran familia de fusiones que se sientan a la mesa, muchas muy bien educadas, para comer con cuchillo y tenedor. Por algunos temas como “La Suite Gastro Cordobesa”, es posible pensar que “Asado” viene a rescatar el gusto de comer con la mano, así, de dorapa.

Cinco. Las revoluciones más interesantes suelen germinar de cabelleras revueltas por vientos de otras comarcas. Algunos vinieron, agitaron para siempre todo y se fueron; otros fueron, crecieron, volvieron para sacudirnos y partieron otra vez. Sobre libros, un viejo sabio dijo alguna vez: “no lea novedades, espere cincuenta años”. “Asado” viene a gustarnos de entrada, por el trasluz de una mirada que en discos anteriores saltó un par de medianeras para volver, por fin, al patio de la infancia. La historia sabrá encontrarle una página firme que le haga viento a las brasas.

La sobremesa del Asado

Gonzalo Puig

“Asado” de Minino Garay y Los Tambores del Sur es, creo, un disco musicalmente aceptable. Suena bien, el trabajo de los músicos que allí aparecen es certero y prolijo, y cada invitado está allí por algo. Pero lo que más ruido hizo en el ambiente de la música local, tuvo que ver con cierto polvo que quedó en el aire luego del paso de Minino por Córdoba para presentarlo. Ciertas tensiones en torno a lo que es “popular” y lo que es “de nivel”, además de una cierta arrogancia del propio Minino sobre lo que él cree que es la correcta evolución del folclore cordobés, el cuarteto. Más interesante que la música que mostró, es que dejó abierta la discusión sobre el futuro del cuarteto.

A lo largo de estos años, la decaída industria de la música ha avanzado a lugares bastante peligrosos para las músicas folclóricas del mundo al borrar las características propias de los géneros que tiene cada región. Esta tendencia fue edificada no sólo por los grandes sellos sino por las grandes disquerías. Todo lo que venía de algún lugar que no fuese Estados Unidos o la Europa central y poderosa, caía en la batea de la llamada World Music (literalmente, Música del Mundo). A esta etiqueta creada por y para el mercado, le da igual una bachata o un reggae africano, un candombe o un tema del raï argelino, las músicas africanas y las japonesas; unifica negativamente, ya que en pos de simplificar no educa y borra los límites originales de los géneros. El término World Music sirve para aglutinar lo que por ignorancia no se sabe qué es. Minino dice que “la música del cuarteto forma parte de la World Music”, y ahí aparece la primera tensión.

Por otro lado, aparece la discusión de lo que es “popular” y lo que es “de nivel”. En la nota “Minino Garay: El cuarteto puede evolucionar”, que publicó La Voz del Interior el 18 de septiembre, el periodista Germán Arrascaeta le pregunta a Minino si es posible mostrar al cuarteto como “música de nivel”. La pregunta es tremenda, pero más lo es la respuesta: “En la medida que hacés un arreglo y éste responde armónicamente, ¿por qué no?”. A esta altura, un lector atento –o mejor dicho, un atento escuchador de música– se puede preguntar qué es música de nivel, quiénes determinan cuál la es y cuál no, y por qué alguien se arroga la capacidad de calificar la música. Por otro lado, pareciera que el objetivo mayor fuese transformar la música, cualquiera que fuese, en una música “de nivel”. Convertir una música folclórica en una de la World Music. Para esto pareciese que hay sólo una fórmula posible, y eso es complejizar lo que es sencillo poniéndole toques de jazz. Lo que se suele hacer en la World Music. Y así como es habitual maldecir el cruce que tuvo el cuarteto con el merengue en los 90 por el arribo de los dominicanos Jean Carlos y su hermano Nolberto, ahora parecería que está bien jazzear el cuarteto. Ese corrimiento podría tener un punto de contacto con aquel otro que tuvo lugar en los 70, cuando el cuarteto original perdió buena parte de su sonido original y adoptó una más “elevada” sonoridad pop-rockera, sólo porque la censura militar lo exigía para difundirlo en las radios.

En ese sentido, luce acertado que Minino vuelva a las raíces del cuarteto tradicional en Asado. Pero ese rescate parece tener una función sólo didáctica y antropológica, tal vez con algo de nostalgia retro. El error de Minino es pensar que ahí está la evolución, o aún peor, al decir que “el cuarteto puede evolucionar” confirma que hasta aquí no ha tenido evolución. Allí hay un error. Uno podría discutir sobre si la evolución ha sido buena o mala, al hacerlo se encontraría otra vez en la necesidad de elegir blanco o negro, que es lo mismo que tener que optar entre lo “popular” y lo “de nivel”. La búsqueda nostalgiosa de Minino, que recupera el viejo sonido del cuarteto, es un camino que comenzó a recorrer Vivi Pozzebón en su canción “Madre Baile”, dedicada a Leonor Marzano. En eso mismo está Lorena Jiménez con un nuevo disco suyo que produjo Martín Marassa.

Resulta sorprendente a esta altura que no se haya reparado en lo que luce como más trascendente, y es que el cuarteto aún no ha podido dar un salto importante en sus textos. Porque el género no necesita ni evolucionar hacia arreglos más elaborados ni conquistando público de lejanas tierras, sino mejorando la calidad de sus letras. Durante años y años se creyó que una música bailable sólo podía tener letras pasajeras, livianitas, hasta que aparecieron Rubén Blades en la salsa, Tego Calderón en el reggaeton de raíz y Calle 13 en la nueva música urbana cercana al hip hop latino. Lo que faltan en el cuarteto son letristas con pluma dura. Ese parece ser el gran déficit del género. Sobre todo en un punto del mundo que, por ejemplo, se quema demasiado seguido –dicho esto en varios sentidos–, y donde miles de jóvenes que bailan cuarteto son detenidos por su forma de vestir o sencillamente por cómo lucen. Algo de eso esboza Minino en canciones como “Quiero ver el sol”, la que retrata la vida en una cárcel o como “Nada le pido a Dios”, que es una especie de Cambalache cordobés. Pero luego retrocede al caer en una lírica cercana a la caricatura, en la que se lo escucha, por ejemplo, refiriéndose al “culiao cordobés”. O escribiéndole un cuarteto a Buenos Aires. Una pasmosa simplificación de cómo exportar una música local a la Gran Ciudad.

Con Asado, Minino Garay parece haber querido apropiarse de una música bailable, bastante salvaje en sus orígenes, que es típica en el lugar donde nació, para llevarla al circuito europeo que le es cotidiano, presentándola como una novedad, o algo así, luego de haberle hecho retoques de “mejoramiento” –o sea, un maquillaje– con la presencia de algunos músicos amigos o conocidos suyos que suelen aparecer en discos de la Word Music. De esa forma, el cuarteto con él quizá sea visto en el exterior, en el futuro cercano, como una música más del lejano y exótico Tercer Mundo que llega para alegrar a la ya aburrida alma del Mundo Desarrollado. Si lo consiguiese, habrá tenido éxito.

Eso se puede leer hoy desde aquí.

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