Quien no lo admite, pierde

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Julieta Fantini en Deodoro, Marzo 015

Entre un puñado de colegas de la comunicación hay un consenso: las redes sociales lo cambiaron todo. Los trabajadores del periodismo que se hace todos los días, recibieron Twitter y Facebook algunos con enorme pesar y otros con fulgurante entusiasmo. Primero fue el celular, luego la Internet y ahora estas plataformas que claramente redefinieron algunas de las pautas más sagradas de la profesión como los anticipos o primicias y el chequeo de las tres fuentes. Puertas adentro, el ciclo de noticias antes determinado por la salida de los diarios (24 horas) pasó a durar minutos con consecuencias que dejan atrás a los medios tradicionales y posicionan a los digitales y a las mismas redes como el espacio donde se da la batalla por quién informa primero. Si sale bien, es secundario, aunque no menos importante.

La dictadura de los públicos

En este contexto, el frenesí informativo de las redacciones también se alimenta desde afuera por una nueva versión de la “dictadura de los públicos”. Lectores, oyentes y televidentes opinan, comparten, debaten, putean; en definitiva, participan y eligen bajo la mirada atenta de los comunicadores y sus jefes.

Así es que basta una mirada superficial a los títulos de los diarios y portales para encontrar frases hechas que funcionan como legitimadoras de acuerdos o desacuerdos de algo que parece ser (parte de) la ciudadanía en movimiento en Internet, y que abarca todo tipo de informaciones: desde el nacimiento de bebés de famosos, algún furcio, hasta la muerte de un fiscal. “Causó furor en las redes sociales”; “Se viralizó”; “Coparon las redes sociales”; “Generó indignación en las redes sociales”; “Lo boicotearon vía Facebook” y el siempre polémico “Revolucionó las redes” son algunas de las expresiones repetidas.

El discurso público retomado por los medios de comunicación tiene un nuevo espacio virtual de generación de contenidos y si bien no en todos los casos es representativo o verdadero, si es que a esta altura la categoría de verdad vale como argumento, nos explota en la cara. Digamos que no siempre los hechos como ocurrieron o la interpretación de los hechos es el material que circula en este nuevo y pequeño ciclo de noticias. Ejemplos sobran, fotos trucadas y muertes falsas son quizá la peor expresión de este fenómeno de la viralización de noticias que no son. Para el caso, fueron dados por muertos desde la Hermana Bernarda hasta Carlos Reutemann. Pero la circulación de rumores y las intrigas no se quedan atrás para hacerle pisar el palito a los periodistas o a cualquier usuario de Internet que toman por cierto aquello que aparece escrito en un tuit, sin contextos, sin chequeo, confiando ciegamente en las imágenes tomadas por celular o modificadas digitalmente y la palabra escrita en Internet por algunos de sus usuarios que no dudan en dar por cierto que Cristina Fernández de Kirchner se cambió la férula de pierna cuando en realidad en la foto tenía las piernas cruzadas. Demasiado cruzadas.

¿Es el periodismo digital una entelequia?

La respuesta es difícil porque, intramuros, es LA discusión: la batalla entre los de la Web y los del papel o aire es moneda corriente y ni hablar de las reacciones más diversas que suele despertar el rol del comunity manager en las redacciones de los medios: ¿Qué son? ¿Periodistas, censores, editores? Hay quienes opinan que sigue siendo periodismo, si es deformación o evolución depende de quién lo diga. Lo concreto es que la lógica de lo digital invade, con ciertas trincheras de resistencia, cada segundo de aire radiofónico y televisivo y cada página de diarios y revistas masivos con una fuerza imparable: fotos grandes, textos pequeños, pastillitas que resumen el meollo de la cuestión y la lectura o insert de tuits y posteos como primera versión de los hechos u opiniones. Si Facebook se parece a la plaza del barrio, Twitter es la peatonal, y los periodistas las visitamos permanentemente, a la caza de material. ¿Pereza? Puede ser. En este contexto, el comunicador puede aparecer como el interpretador: un colador de los miles de bites de información que circula. Es su capital simbólico el que lo hace valioso o no. Porque de la misma manera que el comunicador accede, también lo puede hacer cualquier persona que disponga de una conexión a Internet. Y esa horizontalidad es una amenaza; quien no lo admita, pierde.

Estas son mis opiniones, no las de la empresa para la que trabajo”

Desde la irrupción de la plataforma Twitter en particular, la discusión que persiste versa sobre si el perfil de los periodistas debiera atenerse a la línea editorial del medio o si es un espacio personal. En algunas empresas está reglado, en otras bajan línea por lo bajo y en la mayoría cada quién hace lo que le parece, no sin una cuota de autocensura. Hay quienes se nombran como periodistas y puede que indiquen o no el medio para el cual trabajan y otros optan por la frase “Estas son mis opiniones, no las de la empresa para la que trabajo”, y sus variantes, como si dijeran “acá digo lo que realmente pienso”, o “acá hablo de otra cosa”. Se sabe, el oficio en el mejor de los casos es 24 horas, todos los días del año. Las disputas internas sobre el capital al que acceden determinados comunicadores por su popularidad (¿Del medio? ¿Propia?) en las redes sociales no son algo menor a la hora de abordar el famoso “qué, quién, cómo, dónde y por qué” y su alcance en términos cuantitativos, de audiencia.

#ElFinDelPeriodismo

Regresando a un viejo debate (viejo en función de la lógica actual), en 2011 Beatriz Sarlo dijo en 678 que Twitter es “la espuma de la espuma”. Hija de la cultura analógica, la ensayista –en la línea de otros intelectuales que comparten su desprecio por las redes– desestimaba al Twitter y sus usuarios en el marco de un debate sobre la crisis en España y “la estigmatización de los medios contra los indignados”, según rezaba el zócalo del programa de la TV Pública.

Sí le pareció “novedoso” que los usuarios del Facebook de 678 conformaran una columna de manifestantes durante el acto del 24 de marzo de ese año, y destacó la “sinergia” entre el programa y sus seguidores de Facebook: le pareció “interesante” como fenómeno, “como principio de movilización”. Pero la frase que queda para la historia es cuando compara al Facebook –“que requiere un grado menor de defensas”– con el Twitter: “la espuma de la espuma de la espuma”; chasqueando los dedos y tildándolo de poco democrático por su formato. Para Sarlo, Facebook es “si se quiere, democrático” porque logra llevar gente a la plaza. Importante, sí, pero reduccionista en función de las nuevas prácticas o la modificación de las viejas que surgieron con Internet y sus redes. Sarlo hablaba como si la caracterización de una plataforma puede darse sin los sujetos que la integran, la movilizan, la escriben. En esa línea, y casi en simultáneo, con una fuerza teórica mayor aunque sin las credenciales de la ensayista, Nicolás Mavrakis en un gesto grandilocuente anuncia y argumenta #ElFinDelPeriodismo. En una nota de la revista Crisis, el periodista lo traduce en estos términos: “El ocaso de un imaginario simbólico, la mutación de las plataformas de producción y circulación de su discurso, la crisis de los soportes tradicionales y la irrupción de nuevos flujos, la impotencia de sus agentes, su terrible desnudez”. Contra eso van algunos, y otros se suman a la ola, se enredan, se enmarañan, sin prejuicios, para intentar seguir haciendo periodismo, en el soporte que sea, y no mera propaganda.

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