Expedición Sancho

 

Expedición Sancho

Hace poco más de un año, en una temporada azotada por las lluvias, se jugaba en Córdoba el partido de vuelta por la final del ascenso al torneo de fútbol Federal A.

Racing de Nueva Italia se enfrentaba en su cancha con 9 de Julio de Morteros.

Adrián Savino

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Cuando desperté, la tormenta con que me había dormido todavía estaba allí. Manoteé el control remoto y prendí el televisor: la imagen de un locutor de noticiero duró un segundo o menos y desapareció. Se apagó todo, hasta la lucecita del standby. Probé encender el velador y la luz me encandiló, no dejando lugar a dudas: el primer hecho memorable de aquel domingo era que mi plasma de 32 pulgadas (único tele de la casa) había sido víctima de un golpe de tensión eléctrica.

Mi (entonces) esposa y mis dos hijos habían salido de viaje en nuestro auto el día anterior, dejándome solo en casa por todo el fin de semana de carnaval. El plan era pasar aquel 15 de febrero de 2015 yendo de la cama a la compu, entre libros, películas, fútbol e internet. Lejos de la cama, las pelis y los partidos perderían buena parte de su encanto. La idea de pasar el día entero en casa ya no resultaba tan atractiva.

Mientras desayunaba, consulté la cartelera de cine. Lo poco que había de interesante ya lo había descargado y visto en el plasma recién roto. Seguí recorriendo el diario del día, donde las principales noticias se referían a unas inundaciones en Sierras Chicas. Le escribí a mi mujer para asegurarme de que estaban todos bien, aun cuando sabía que ellos estaban en Punilla, al otro lado del Cuadrado. De inmediato me respondió que todo ok, y tras un instante de vacilación decidí no hacer clic en los títulos catastróficos y bajé a Deportes. Allí encontré algo que me llamó la atención: por la tarde se jugaba, en Nueva Italia, el partido de vuelta de la final del Torneo Federal “B”, entre Racing de Córdoba y 9 de Julio de Morteros. En la ida había ganado 9 de Julio 4 a 2, por lo que Racing necesitaba ganar por tres goles para poder ascender al Federal “A”. La noticia se refería en particular a las chances inciertas de que el partido llegara a disputarse, debido a que la lluvia no se detenía y el campo podría no alcanzar a escurrir lo suficiente.

Tuve sensaciones encontradas. Por un lado ganas de que parase de llover de una vez por todas, así el partido se jugaba y podía ir a verlo. Por el otro, que la lluvia siguiera, y entonces no tendría que cruzar la ciudad anegada para ver a dos equipos de (literalmente) cuarta categoría que por lo general me eran completamente indiferentes (soy de Belgrano).

Como a la media hora paró de llover. Un rato después, se confirmó que el partido no se suspendía. Mi indecisión se terminó, de pronto supe que iría.

Eran las tres pasadas y la final estaba anunciada para las siete. Si bien Racing no es por lo general un equipo tan convocante, este partido seguramente llevaría mucho público; sería necesario estar allí como mínimo una hora antes. En dos viajes de ómnibus, tardaría entre hora y hora y media para ir desde mi domicilio en Marqués de Sobremonte hasta el estadio “Miguel Sancho”. Es decir que a más tardar, debía estar saliendo a eso de las cuatro y media.

El cielo permanecía cargado pero la lluvia no volvía. Me serví pizza recalentada y almorcé en la galería que da al patio. Mientras comía divisé el monopatín de mi hija y la bici con rueditas de mi hijo, tirados en el pasto y cubiertos de gotas. ¿Y qué tal si voy en bici?, pensé mientras giraba la vista hacia nuestra Tomaselli Lady azul apoyada cerca del asador. Después de todo Nueva Italia no es tan lejos, y tengo tiempo de sobra. En el tramo final de un verano de bolsillos flacos, esa expedición bien podía convertirse en mi humilde viaje de vacaciones.

A eso de las cinco me vestí con ropa deportiva liviana, zapatillas, una campera impermeable, riñonera, y una gorra con la cara de mi hijo impresa en la frente, que en su jardín habían decidido regalarnos el año anterior a los papás (previo cobrárnoslas), aprovechando la coincidencia del día del padre con el Mundial. Tenía otras a mano, pero esta me servía especialmente por sus colores celeste y blanco, a tono con los de Racing.

Arranqué pedaleando por una de las calles curvas del Marqués, no del todo seguro de lo que estaba haciendo. Crucé Zumarán, Granadero Pringles, Los Paraísos, Alta Córdoba, Residencial América, sin más testigos que un perro que me toreó un poco para matar el aburrimiento, y dos o tres autos que yiraban sin apuro en la tarde cordobesa.

Hasta que pasando la avenida Alem, en Talleres Oeste, por fin vi señales de vida: música cuartetera en el aire, chicos con camisetas de Racing, gente de todas las edades preparándose en las puertas de sus casas, listos para partir hacia el Sancho. En cosa de segundos todo había cambiado, de la nada casi absoluta al clima de partido. En la esquina de Diagonal Ica y Puerto Rico decidí doblar, siguiendo a las multitudes celestes y blancas que por allí se dirigían.

Unas cuadras más adelante, en el cruce con Rancagua, me bajé de la bici para continuar caminando. En lo alto pude divisar una de las torres de iluminación del Sancho con el cielo tormentoso de fondo. En esa dirección iba la multitud cada vez más densa, por la vereda y parte de la calle. Pensé en que hacía más de treinta años que no iba a esa cancha, desde un lejano Racing-Belgrano por la liga cordobesa a principios de los ochenta.

En una de las esquinas del estadio le pregunté a un hombre canoso dónde podía dejar la bici. Me dijo que fuera al “estacionamiento”, señalándome un descampado que estaba justo al frente. Allí pagué cuarenta pesos, y terminé atando la Tomaselli a una cama metálica toda oxidada que estaba en un rincón lleno de yuyos.

Conseguí mi platea sin hacer tanta cola. Como faltaba más de una hora para el comienzo del partido, decidí comerme un chori antes de entrar. Me senté en una verja a saborearlo con una Sprite helada, mientras contemplaba a la gente que pasaba hacia el ingreso de plateas. Los vi serios, nerviosos, reconcentrados. Sin ser de su cuadro, podía comprenderlos perfectamente; tan era así, que al verlos me convencí del todo de que iba a hinchar por Racing.

Terminé de liquidar el chori y entré al estadio. Los descansos de la escalera estaban inundados y había que cruzarlos en puntas de pie y pegado a las barandas de cemento. Una vez arriba, encontrar un lugar no fue tan complicado. No es que no hubiera gente (al contrario, estaba casi lleno), sino que para alguien solo siempre quedaba algún rinconcito en esas gradas sin sillas.

Si mi sentido de la orientación no fallaba, me encontraba en la platea lateral norte. Casi toda la panorámica desde mi posición era de gente de Racing, exceptuando media popular desierta a la derecha del arco más lejano. Esto era inequívoca señal de que la hinchada venida desde Morteros había sido ubicada en la platea lateral opuesta a la que yo estaba ocupando. Me paré y estiré todo lo posible, pero apenas alcancé a ver unas banderas y trapos celestes.

Detrás de mí se ubicó un hombre ciego, que mientras trataba de acomodarse me pisó la campera. Su acompañante le dijo que tenga cuidado, y les aclaré que no había ningún problema.

El campo se veía en buen estado, se notaba que había aguantado los diluvios del fin de semana. Las conversaciones entre el ciego y su amigo me aportaron un par de datos: que la mayoría de los jugadores de Racing provenían de las inferiores, y que venían cobrando salteado porque el club afrontaba un pedido de quiebra.

Entraron los árbitros y automáticamente estallaron los silbidos. El comentario unánime alrededor era un supuesto penal mal cobrado para 9 de Julio en el partido de ida. Abajo, los fotógrafos formaban una medialuna alrededor de la salida del túnel, mientras dos bellas promotoras ondeaban unas banderas enormes con el logo del Banco de Córdoba.

Salió a la cancha Racing. Detrás de una nube de papelitos, banderas y globos, resonó una salva de fuegos artificiales que con la luz del día no llegaban a destacarse sobre el resto. En medio de la bienvenida al local, salió también el visitante. Oí los gritos y una corneta a gas del otro lado de la platea, pero sobre todo un coro de chiflidos aún mayor que el de los árbitros.

Justo antes del inicio del juego, con los equipos dispuestos cada uno en su campo, el amigo le preguntó al ciego si veía bien desde allí. Él le aseguró que sí.

El partido fue tan intenso y emocionante como lo había previsto. Ganó Racing 3 a 1 en los noventa y luego, tras unos penales interminables, terminó quedándose 9 de Julio con el ascenso.

Los ganadores festejaban con su hinchada, alambrado de por medio. El ruido más notorio, sin embargo, era un sinfín de puteadas furiosas de la popu de Racing contra quince o veinte policías que con sus escudos trataban de detener una lluvia de proyectiles, mientras por detrás de ellos unos bomberos comenzaban a lanzar agua para dispersar a la gente. Unos escalones más abajo, dos tipos con chombas de piqué señalaban la escena y se reían, como si hubieran estado presenciando un show circense o algo por el estilo.

Los jugadores de Racing se iban por el túnel y la platea los aplaudía sin muchas ganas. La voz del estadio intentaba calmar los ánimos recordándonos que en el fútbol, como en la vida, siempre hay revancha, y de paso felicitaba al rival recién ascendido.

Lo oía al ciego comentar que los otros habían jugado mejor y el resultado había sido justo, cuando desde lo alto de la tribuna sonaron unos gritos desaforados pidiendo un médico. Subí junto a otros y vi a un hombre viejo tendido en el cemento, con un grupo de personas a su alrededor agitando remeras para darle aire. Alguien comentó que se trataba de un socio vitalicio que vivía al frente del estadio. Los paramédicos llegaron casi corriendo. Unos minutos después consiguieron que el hombre abriera los ojos y dijera que estaba bien, que nomás necesitaba su pastilla de la tensión.

Bajé a la calle, busqué mi bici y me uní a la masa silenciosa y triste. Unas cuadras más adelante, llegando a la Puerto Rico, sentí que comenzaban de nuevo a caer las gotas. Me calcé la capucha de mi campera para iniciar la pedaleada de vuelta a casa. La lluvia y los truenos volvían para quedarse otra noche entera.

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