En la hoguera

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En la hoguera

 

Por Guillermo Vazquez

Grupo de tareas gerencial para reinstalar a la Argentina en el circuito financiero internacional. Nacimiento al lenguaje y la práctica política del siglo XXI. Retorno del neoliberalismo. Fin del “consenso de las commodities”. Ceocracia. Gobierno de Despidos, Desmantelamiento y Derechos Vulnerados –escriben en este número los trabajadores de la delegación cordobesa de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación. Brutalidad oligárquica, esgrime Guillermo Moreno. Súbita agonía del país peronista –como tituló su dossier la siempre interesante revista Crisis. Centroderecha argentina por primera vez democráticamente victoriosa. Paradigma de una ola antipopulista en la región. O, también, como figura en uno de los cientos de avisos fúnebres de enero pasado por la muerte de Guillermo Alchourón (ex presidente de la Sociedad Rural Argentina): restauración de la república. Fin de época. Y así. Hace unos años la cátedra de Oscar Landi en la UBA dio como lectura obligatoria el policial negro norteamericano para tratar de explicar el menemismo –hasta que nuevas categorías fueran surgiendo al interior de la teoría política argentina. Ahora los análisis proliferan, y este dossier intenta aportar varios desde disciplinas y maneras distintas. Pero en el medio del análisis, de los análisis, las mayorías del país se encuentran entre la expectación, el padecimiento, la frustración o el desentendimiento –una buena parte: después del hartazgo, otra de casi iguales proporciones: tras la derrota.

Sin embargo, en las evidentes novedades del gobierno de Cambiemos, en su órbita lingüística, en su semiótica cargada de calculados gestos y acciones tendientes a una suerte de gobernabilidad visual y emocional, sucede también otra cosa. Suceden también otras cosas. Uno de los acontecimientos más interesantes, y contemporáneo a los primeros meses de Cambiemos, como si fuera parte de una temporalidad distinta –a la vez que simultánea– fue una afiliación masiva como pocas veces se vio en la historia al Partido Justicialista. No al Frente Ciudadano, ni al Partido Peronista Auténtico (que fue faro del peronismo montonero en los meses previos al golpe del 76): al Partido que hoy preside el ex gobernador sanjuanino José Luis Gioja. Contra la muerte total de las ideologías y las estructuras, en el momento en que se predicó la crisis absoluta de los partidos políticos, sucedía eso. Y esa afiliación ocurrió, quizás, sin razonarla en la “identidad mayoritariamente peronista de la clase trabajadora argentina” que también fue el lema de otra época –hoy sería muy difícil afirmar semejante cuestión. Esa acción de cientos de miles, combinó una idea tan del siglo XX –el Partido como depositario del hacer, de las tareas de militancia, el aparato de conducción– con una reinterpretación de un espacio que, tras la muerte de Perón, parecía que solo perdería vitalidad.

Porque si hubo antes, en la década kirchnerista, una revitalización de la identidad peronista (de Emilio Pérsico a Nancy Duplaá), no iba de suyo que eso se tradujera en una revitalización justicialista partidaria –en un punto, transversalidad y demás mediante, fueron inversamente proporcionales.

El primer viernes de mayo había pasado una semana exacta después de que el movimiento obrero organizado volviera a poner en duda –una duda, diría un profesor de Metafísica, metódica– la muerte de un sujeto popular vertebrador del cambio hacia la justicia social. Ese día, por la noche, Cristina Banegas brilló con su interpretación de Eva Perón en la hoguera en un Teatro Real repleto –mudo y tenso durante su actuación, y exultante de aplausos y gritos al final. Un leve resfrío, o acaso una alergia por su vestimenta ligera y su descalcez en una sala de clima fresco, produjo en Banegas un efecto más hermoso aun, de cierta vulnerabilidad. Como el efecto –según cuenta Fernando Martín Peña– que quería producir Favio elevando hasta saturar el sonido del estreno de Sinfonía del Sentimiento en los discursos de Evita. El texto de Leónidas Lamborghini no es difícil: simplemente es imposible. Poblado de preposiciones, quizás porque los predicados y las construcciones gramaticales más clásicas habían sido también puestos fuera de quicio por el peronismo salvaje a la vez que tan clarificador de la abanderada de los humildes. Banegas avanzaba como por una carrera con obstáculos que sorteaba sin un furcio: era el negro Bolt ganando los 200 metros, con una claridad arrolladora y explorando con magistral valentía esas frases entrecortadas, las preposiciones terminando y abriendo enunciaciones en forma rizomática, haciendo estallar la gramática, la sintaxis, la lengua misma de Borges y Victoria Ocampo.

Quizás ese tanteo, esa exploración quirúrgica que no deja sana una lengua, era también un modo de ver dónde podía anclarse un discurso político hoy, tras el triunfo –solo táctico y de posición– de la consigna publicitaria light como organizadora de la nación. Banegas recitando a Lamborghini era como un lenguaje que mostraba sus imposibilidades, sus heridas, pero a su vez su novedad permanente: como si mostrando su intensidad estuviera esperando –no sentado, sino en movimiento constante– su oportunidad para poner en el absurdo la política excluyente –retomando la expresión de un libro de Américo Cristófalo sobre los viajantes a Punta del Este en los noventa. Es extraño, aunque tiene una cierta lógica: hay que insistir en esa convivencia, en esa “temporalidad plural” diría un marxista italiano –y retomará con una idea parecida en este dossier el texto de Juan Burgos. Porque hay también tiempos y convivencias distintas en un peronismo que, dividido o no, se revitalizó estos meses haciendo casi una “épica de la derrota”, como escribió indignado el sociólogo Vicente Palermo. “Vieja” y “nueva” política no servirán de mucho para pensar la convivencia de estas temporalidades. Las izquierdas y otras constelaciones políticas también orbitan la dificultad.

pobres por qué/ ricos por qué, le hace decir Leónidas a Eva, en la hoguera, y es acaso que el país ha retornado a la dulce y violenta edad de los por qué.

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