Esconder la mano

DEODORO-51-ilus-color-Editorial

Hay media serpiente tirada sobre una bolsa de residuos negra. Nunca antes había visto media. La serpiente, como cualquier ser cadavérico, horroriza. Tiene los dientes raleados y la boca semiabierta. Vista desde el corte, parece una agarradera de horno. Hablo de una imagen de Facebook que subió una vecina de la ciudad de Mendiolaza. Ella reclama por la falta de limpieza de los terrenos baldíos que la habían obligado a matar al animal. Algunos, muchos, apoyaron su demanda. Otros, muchos también, se rieron o criticaron su crueldad. Ecologistas y vecinos que pagan sus impuestos se enfrentaron defendiendo con sobrada intensidad sus propios valores utilizando el viejo recurso de acusar para ser absueltos. Todo aquello se diluyó. A pesar de la serpiente y de la intensidad verbal.

Casi al mismo tiempo, otro vecino envuelto en un conflicto barrial, amenazaba con mantener encendida una cámara filmadora para escrachar a quienes tiraran basura en la plaza pública. Yo imaginaba a los adolescentes que ahí mismo se besan o prenden sus primeros cigarrillos o esconden sus revistas porno. ¿Dónde deberían hacerlo ahora para no ser filmados? Otros prometían que denunciarían a quienes dejaran sus perros sueltos, y así… La tribuna virtual está abierta y la eterna tensión entre seguridad y libertad juega una nueva batalla. Cuando el control externo consigue reemplazarse por la autodisciplina, transformada en servidumbre voluntaria (La Boétie), dicen que el proceso de control se completa. Cámaras, escraches y exabruptos con costo cero para quien lo emite.

Pero quisiera poner de relieve un punto que me parece explicativo al mismo tiempo que creo que excede la discusión sobre las redes sociales. Se trata de una reflexión que plantea Zygmunt Bauman sobre la instrumentalidad de nuestra racionalidad. Él dice que a diferencia de la época de Max Weber (autor del concepto de racionalidad instrumental) ésta ya no nos ayuda a ajustar los medios a nuestros fines, sino que por el contrario adapta los fines a los medios disponibles, que crecen exponencialmente a una velocidad muy superior y que además construyen su propio relato: “Hubo una guerra y la ganaron las hachas a los verdugos. Hoy son las hachas las que seleccionan los fines: es decir, las cabezas que hay que cortar”.

Las redes sociales generaron una ilusión transformada en una necesidad latente. Como un espacio imaginario entre la calle y los medios periodísticos dominantes, Facebook y Twitter funcionan como medios masivos de comunicación unipersonales que están ahí, ya, micrófono abierto para hablarle al mundo. A la manera de un sistema Just in time de corrección política, las redes permiten atender a cada una de las demandas de solidaridad con ilimitada vehemencia en el momento preciso en que las cosas suceden, pero lejos de las acciones. Como pintar grafitis, dice también Bauman, pero con algunas ventajas considerables: no requiere habilidades especiales y está libre de riesgos (la policía no te pisa los talones) es legal, está ampliamente reconocido, apreciado y respetado.

Para muchos otros también las redes sociales representan armas de protesta y, nobleza obliga, ha sido un dinamizador de muchos procesos (el caso de Podemos en España es uno, pero hay más) aunque todos y cada uno de ellos tienen un anclaje territorial, real, si se pudiera hablar hoy en esos términos. Las ideas de prosumidores o de ciudadanos 2.0 me resultan en cambio demasiado ambiciosas con connotaciones construidas en imaginarios de igualdad.

Lo cierto es que la vida digital diluye las responsabilidades, habilita la acción de tirar la piedra y esconder la mano y eso es masivamente abrazado. Desde el levante y la espectacularización de la vida privada, hasta la militancia o los espacios de resistencia, la tentación es enorme. Personalmente reconozco momentos de atracción y de rechazo casi simultáneos por este espectáculo voyerista. Juego con sus reglas, como un usuario participativo. Por otra parte el contenido de las redes es también la fuente de argumentaciones periodísticas o judiciales, o simplemente la herramienta para la formación de absurdas hipótesis. De manera especialmente condenable se puede ver el uso que se da a la información y las imágenes publicadas en los perfiles de Facebook de las mujeres desaparecidas o víctimas de violencia sexual. Sobre ellas se hacen lecturas en relación a la vestimenta o las amistades, o lo que sea que permita cualquier grado de especulación. Pero, más allá de la perversión de las miradas estigmatizantes, el perfil de Facebook, ¿es un espacio público o un espacio privado?

Las viejas formas sociales desaparecen con mayor velocidad que las nuevas en consolidarse. El lenguaje digital es un espacio en formación, todavía con un claro corte generacional. Por detrás corren la ley, la ética y sobre todo la responsabilidad sobre las acciones.

* Mariano Barbieri, en Deodoro Marzo 015

 

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