Villagra, el fútbol y la historia.

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Villagra, el fútbol y la historia.

Dicen que a la historia la escriben siempre los que ganan. Creo que en realidad es al revés: ganan los que escriben la historia, los dueños del lápiz con punta. Julio César Villagra nunca imaginó que estaría escribiendo sin papel la memoria de miles de personas. Él solamente jugaba al fútbol.

Angel Seastián Ramia

Hincha de Belgrano

En este inventado país la lucha ha sido, y lo sigue siendo, la imposición de la memoria; la selección, recorte, y repetición del pasado, en todos los ámbitos. Así fue que leímos y aprendimos como pudimos en los 14 pizarrones de nuestra escolaridad que San Martín cruzó los Andes en su Caballo Blanco, que Sarmiento fue el primer maestro, que el Cabildo y los pastelitos para las negras sin dientes, todo para recortar en la Billiken. Ahí están los héroes que le van a dar sentido a esta gran nación, en cada calle céntrica del país. Y están las guerras, los grandes acontecimientos y los feriados. Y los dinosaurios, las pirámides de Egipto, Roma, el descubrimiento de América, la Revolución Industrial y el hombre en la luna. Eso es la historia, un montón de frases, titulares del que rara vez se aprende el cuerpo de los hechos. ¿Y nosotros? ¿Qué hacemos los que no somos héroes, los que no vamos a cruzar los andes, los que no vamos a liberar a ningún pueblo? Vivimos, hablamos y cantamos nuestra historia. Y otros, muy queridos, hacen jueguitos, patean una pelota y nos hacen vivir, hablar y cantar otra historia a miles. No hay feriados para los comunes, menos para los jugadores de fútbol. Algunos viven en la memoria oral del pueblo y cada tanto es necesario escribirlo.

La Chacha

Julio César Villagra. Nombre de emperador. El guaso era tan tímido que no hubiera podido jamás estar al frente del imperio romano. Le decían la Chacha, jugaba generalmente por la banda derecha, dejaba a los defensores rivales pidiendo el diario y hacía enloquecer a la hinchada pirata. Y eso no lo hacía cualquiera.

Llegó a Belgrano en 1982, más o menos en la época en que a Galtieri se le ocurrió recuperar las Malvinas. Venía con su amigo Mario Luna, que le insistió en que lo acompañara a probarse. Belgrano estaba en la lona. Villagra, un negro de Villa Libertador, flaquito, ruludo y con cubana, como eran los cordobeses de antes, se hartó de desbordar y tirar el centro, desbordar y enganchar para adentro, picar sin que nadie lo alcance, frenar y seguir. El Pucho Arraigada, que andaba probando jugadores no dudó en aceptarlo. Una pequeña crónica periodística dice que el 18 de julio de 1982 la Chacha debutó contra Alianza San Martín (una fusión entre Argentino Peñarol y Huracán) en la cancha de Huracán de Barrio La France. Ganaba Alianza. Empató Belgrano. Último minuto del partido, gol de Villagra. La tribuna delira. La historia, agradecida.

Lo que no se dice

Aquí conviene pisar la pelota. Sentir que todos pasan un poquito de largo. Girar, observar el panorama, cambiar de frente. Como dije anteriormente, la historia es un territorio de disputas y en el fútbol también pasa lo mismo. Alguien escribió su historia y dijo esto sí, esto no.

Los ingleses inventaron todo esto. Dominaban el mercado mundial y en cada barco cargado con mercadería con la cual someterían a los pueblos, viajaba una pelota. Cayeron a Argentina. Jugaron entre ellos; se hablaba en inglés en los partidos. “Los ingleses locos”, decían los paisanos. Pero los de acá se enamoraron rápido. Y empezaron a jugar. Argentina era un cocoliche de inmigrantes, de nacionalidades, de lenguas y costumbres. El fútbol, por la economía de su práctica permitió igualar a todos. Pibes de 14, 15 años armaban equipos. No conocían las reglas pero lo jugaban. Los ingleses armaron una liga, jugaban entre ellos. Se empezaron a fundar clubes de fútbol por todos lados, en todo el país. Los trenes llevaban ese extraño y loco juego: patear una pelota desde la punta de esta pampa hasta el horizonte aquel. Amateurismo puro. Jugar por jugar. Después hubo gente, tribunas, estadios, masividad, pueblo, plata. Profesionalismo. Los grandes. El interior. Los Nacionales. El punto exacto en que cambia la historia. Frenar. Cambiar de frente, volver la pelota atrás.

Belgrano, Talleres, Instituto y Racing fueron los clubes más ganadores de la liga cordobesa. Hubo campeones, goles, jugadores, árbitros, hinchas, festejos, amores y dolores, hubo fútbol, hubo vida. Pero algo pasó y en un momento toda una historia dejó de importar. A mediados de los 80, tres de los cuatro, escritorio mediante, abandonaron la liga, se fueron a Primera y quedó Belgrano, corriendo para cualquier lado, hecho mierda. Y en el peor momento en la historia del club aparece Villagra, soldando estos pedazos de historia.

Tiempo recuperado

Villagra jugó entre 1982 y 1991. Vivió, lo que dicen los que la vivieron, la “década romántica”. Fue, realmente, una etapa durísima pero hasta el sufrimiento se extraña cuando ya no está. Las vivió todas: Liga Cordobesa, Provincial, Regional, Nacional B y 45 minutos en Primera, ante River. En “reconocimiento a su trayectoria”, los dirigentes le dieron el pase libre. Se lo sacaron de encima, lo mataron, le quitaron la vida mucho antes. ¿Qué hace un jugador cuando ya no puede jugar? Villagra hizo hasta tercer grado del primario, no sabía hacer ecuaciones, ni conocía de diptongos ni geografía, ni de ciencias naturales ni nombres de capitales de Europa ni de historia. Villagra jugaba al fútbol, hacía historia, pero todavía no lo sabía.

El 13 de septiembre de 1993, con 30 años de edad, la Chacha fue a una plaza, se sentó en uno de los bancos y se pegó un tiro. Murió dos días después. Se terminó su vida y empezó su historia. La idolatría creció. Los que lo vieron jugar desde la tribuna, los que lo conocieron envuelto en su timidez, los que pudieron sacarse una foto, todos comenzaron a tejer un recuerdo, armar un relato. No hay casi imágenes de él: un par de centros, dos o tres goles, un par de minutos de video para una década. Ni siquiera aparece en Wikipedia. Villagra es una historia oral, como el fútbol todo, contada de generación en generación. Las jugadas se agradan, los dolores se achican, la memoria elige.

A los pocos meses, Chichí Ledesma, el mismo presidente que lo había dejado libre, decide nombrar a la cancha de Belgrano “Julio César Villagra”. No hubo ninguna documentación oficial, no hubo acta, no hubo cartel, placa, nada. Todos siguieron diciéndole el Gigante, el periodismo, los hinchas. Veintidos años después se hizo justicia: los propios hinchas pintaron un cartel con la inscripción de su nombre, con la presencia de su leyenda, para nombrar a las cosas por su nombre.

No pude ver jugar a la Chacha pero el fútbol permite incluirte en el pasado, hablar de un nosotros. Soy un común, uno de los que nunca gana e incapaz de gambetear, hacer más de diez jueguitos, soy uno más. Escribir sobre él, recuperar las emotividades, es hacer otra historia, desafiar los discursos gritones, dar vuelta el partido, ejercitar la memoria.

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