Alrededor de la traducción

Alrededor de la traducción

A partir del 30 de septiembre y hasta el 21 de octubre, se llevará adelante en diferentes ámbitos de nuestra ciudad, la muestra “Casi lo mismo”, que aborda desde diferentes propuestas la problemática de la traducción.

María Pía López

Socióloga y Directora del Museo del Libro y de la Lengua.

Hace un año, más o menos, Ivana Vollaro, sutil artista, le propuso al Museo del Libro y de la Lengua de la Biblioteca Nacional, pensar una exposición sobre la traducción. En el trabajo conjunto resolvimos que la muestra tenía que poder avanzar mostrando sus procedimientos, la elaboración de su camino investigativo. Así, consistió en una exposición de materiales, en un archivo digital –grabamos las entrevistas que fuimos haciendo a propósito de la cuestión– y un conjunto de actividades de discusión en el auditorio del Museo. Pensar la traducción es un modo de pensar la lengua, quizás uno de los más extremos. Charlando con traductores descubrimos que estaban más locamente enamorados de la lengua, sus rugosidades y sus libertades, que los escritores. Quizás por estar obligados a pensarla con relación a otra. Porque es un amor que despliega su potencia en términos comparativos, no se limita a la inmersión: requiere la pregunta por equivalencias, semejanzas, diferencias. Pensar los distintos planos de la traducción, todo lo que encierra en su nombre, fue, también, una puesta en abismo de la idea de que hay algo a lo que podamos llamar lo mismo. Más bien, fuimos obligadas a pensar en ese borde, ese matiz, esa diferencia en la que se fundan, incluso, las identidades culturales.

La traducción tiene muchos planos: políticos, pedagógicos y poéticos. No siempre prima una u otra de sus voluntades. Cuando la traducción es política importa la cuestión de los efectos: el arco que dibujará lo traducido sobre la superficie del agua en la que cae. Si la anima la voluntad pedagógica traducir será pasar a otro modo de la lengua, no sólo de un idioma a otro: también de un régimen discursivo a otro, inscripto en las dinámicas de la educación y sus niveles. Lo poético es su pulsión interna y permanente, aunque quede, a veces, postergada. Porque es la tensión sobre sus minucias, sobre sus ritmos, lo que anima la atención a lo preciso. Es decir, lo que nos recuerda la extranjería en la operación poética y nos separa de la inmersión natural en un idioma.

Hay quienes imaginan un mundo de pura comunicabilidad, que permitiría suprimir las incomodidades de la traducción. La utopía del esperanto, en cierto sentido, era la de un mundo interconectado por una lengua franca. Algo libertario había en ese supuesto como en el de toda utopía internacionalista, capaz de pensar las fronteras o las identidades menos como necesarias delimitaciones de la existencia de las comunidades humanas que como rémoras y trabas que obstaculizarían el reconocimiento de la semejanza de los hombres. Pero como suele ocurrir en la historia y sus tragedias, la lengua franca siempre fue un triunfo del mercado más que de los utopistas. La fuerza expansiva de la mercancía genera las condiciones para su decodificación general.

En el mismo año que Colón llegaba a las costas americanas, Nebrija escribió su Gramática de la lengua castellana. Con una declaración sustancial: la lengua es cuestión del imperio. No había tal sin unificación lingüística y de allí la necesidad de registrar su lógica y sus reglas para que cada fragmento de los territorios ocupados no alumbre una variante dialectal o un creole. La gramática: instrumento de unificación y de instrucción del colonizado. Destinada, a la vez, a preservar la lengua de la contaminación y extenderla como fuerza imperial. Traducir es, visto así, decodificar en términos de imperio: comprender la lengua de las poblaciones sujetadas para volver factible la dominación, hacer comprensible el nuevo idioma del mando. Si la lógica imperial es un modo de la universalización, lisura recién adquirida, traducir implica otro tipo de reducción de lo heterogéneo: la incorporación de lo otro a una zona que lo deglute y lo reinterpreta. Mijail Bajtin veía en esos términos la disputa por la hegemonía que implicaba una operación de traducción. No el acto de desplazar borrar, el que hace tabula rasa con los objetos culturales anteriores, sino el de incorporar en otras tramas, diluyendo su radical diferenciación. Un tipo de olvido sobre la cultura anterior.

Gilberto Freyre, crítico amable de la experiencia colonial, piensa el portugués brasileño creado al interior y como distancia del idioma colonial, rehecho en la boca de las esclavas negras, en el juego con los chicos de la casa grande a los que cuidaban y en la alianza con las jóvenes mujeres blancas de la hacienda. Traducir, ahí, es fundar una diferencia. Deglutir y desviar, fundar una diferencia. O eso pensaban sus compatriotas, los escritores y artistas antropófagos. El acto caníbal es un modo de la traducción. Se trata de una inversión: si el primer movimiento era el traducir colonial, el que fundaba imperio y gramática, en las tesis de Freyre o de Andrade estamos en el modo independentista de la traducción. O el quehacer propio y disidente con las lenguas coloniales.

Traducir para modernizar, traducir para fundar, traducir como parte de las empresas políticas de la región. Cuando las sociedades latinoamericanas lucharon por la emancipación, recurrieron a otros modos de la traducción. O al intento de traducir ideas capaces de fundar nuevos lazos sociales. Boleslao Lewin siguió una en particular: la que hacían los lectores de Jean Jacques Rousseau de sus tesis filosóficas en la coyuntura de las luchas emancipatorias. Porque si un Simón Rodríguez hacía gala del inventar o errar no se había privado de considerar su propia situación de tutor de Bolívar a partir de las lecturas de escritor francés. Y en la otra punta del continente, Mariano Moreno hizo traducir –¿o tradujo él mismo?– El contrato social. Sin descuidar las contradicciones, a la vez que lo consideraba un texto fundamental para las nuevas libertades, mandó a expurgar el capítulo dedicado a la religión, viéndolo como exceso o desborde. El libro estaba destinado a formar ciudadanos en las recientes escuelas de la república. En febrero de 1811 el voluntarioso secretario de la Junta moría en altamar y la facción saavedrista, triunfante, retiraba de circulación los volúmenes. Con lo cual los educandos del ex virreinato del Río de la Plata se quedarían sin su Rousseau.

El episodio es significativo: la confianza en el libro, la idea de que el proceso de separación de España exigía el diálogo y la apropiación de otras ideas europeas. Ir hacia Europa para descubrir una América no hispánica, no colonial, no subordinada; ir hacia el francés para dar cuenta de otro modo del castellano.

Una historia política de la traducción tendría como mojones intensos a su Rousseau y a su Marx. Como una historia de la traducción literaria encontraría sus momentos festivos en la que hizo Salas Subirat del Ulyses o la primera de Benjamin al castellano. O la que reconstruye Martín Gaspar alrededor de la pregunta por las traducciones de los libros de la colección Billiken. Aquellos leídos cuando no teníamos entre nuestras preocupaciones la de quién era el traductor, porque todo parecía venir en la lengua natural.

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