Europa está forrada de niñadas

Pocos días después de la llegada de Witold Gombrowicz al puerto de Buenos Aires, en Europa se desata la Segunda Guerra Mundial, cuando Alemania invade Polonia. El siniestro presagio sobre el peligro del hundimiento de Europa en la barbarie, que Edmund Husserl lanzó en Viena, en 1935, comenzaba a hacerse realidad de la manera más cruenta. La situación impulsa a Gombrowicz a permanecer en Argentina, inspirando una de sus primeras conferencias en el país, “Regresión cultural en la Europa menos conocida”. Sin embargo, mientras Husserl había conseguido concluir su conferencia efectuando un llamado dramático a luchar por el renacimiento espiritual de Europa, a Gombrowicz le fue dado observar cómo sus palabras terminaron siendo el pretexto para el montaje de un debate de opereta que, mezclando toda clase de intrigas políticas, desbarataba sus ingenuas previsiones: “Yo entonces no tenía aún ni una idea remota de lo que era la Argentina”, escribió en su Diario.

La leyenda de la traducción de Ferdydurke al castellano en las mesas de un bar de Buenos Aires, un caudal ingobernable de anécdotas que lo presentaron como protagonista irreverente de estrafalarios actings y performances, el Diario Argentino (que no es una mera antología localista del Diario) y los tímidos o culpables ecos rioplatenses de un reconocimiento mundial que desde fines de los años cincuenta no dejó de incrementarse, hicieron orbitar a Gombrowicz alrededor de la literatura argentina de una manera persistente y problemática, menospreciada a veces, insoslayable otras. Esto no hubiese sido posible sin algunas operaciones críticas –la ficcionalización incluso– como las de Ricardo Piglia y Germán García, la de Néstor Tirri en La piedra madre o el apostolado de Juan Carlos Gómez con sus gombrowicziadas. Hay que agregar las reediciones de sus libros y de algunos de sus textos menos conocidos (la edición facsimilar de Aurora, cartas, entrevistas, los apuntes del Curso de filosofía en seis horas y cuarto…), las reseñas sobre sus obras, la circulación del trabajo de recopilación testimonial Gombrowicz en Argentina. 1939-1963 y las jornadas y encuentros que apuntalan la figura y el pensamiento del padre del ferdydurkismo, una religión sin preceptos firmes –salvo la observación irrestricta de los códigos atinentes al cultivo de la amistad–, liberal en su cosmovisión y promotora de un dandismo emocional para malogrados financieros y renegados de la burocracia. Son estas operaciones las que pautan el proceso de importación de la obra de Gombrowicz.

Mientras vivió en Argentina, durante veintitrés años, Gombrowicz no dejó de ser un escritor europeo, alguien al que las miradas de los otros, fascinadas o temerosas, indiferentes o perplejas, le revelaban su ajenidad. Tampoco perdía ocasión de insinuarse como tal. Con sus libros y sus entregas a Kultura, una revista de los emigrados polacos en Francia, buscaba a sus interlocutores en Europa, especialmente en París. Medía valerosamente sus ideas con los filósofos europeos modernos y contemporáneos, se declaraba existencialista y solía acertar con agudeza: “Es imposible asumir todas las exigencias del Dasein y al mismo tiempo tomar café con pastas durante la merienda. Sentirse angustiado ante la nada, pero aun más ante el dentista”. Sin embargo, mientras aguardaba a que su fama se extendiese más allá de las fronteras de Polonia, absolutamente confiado de que esto ocurriría tarde o temprano, se convirtió en el primer promotor de la empresa de importarse a la Argentina y de justificar su lugar. Se mostró ajeno a las tendencias de un ambiente cultural al que retrató como el ornamento soso de una gran estancia, engordado hasta la asfixia por el exceso de importación, el relajamiento resultante de la abundancia de recursos naturales y el gusto desmesurado por la politiquería: “¡Ah, si alguien pudiera sacarle del vientre la fraseología a este simpático pueblito! ¡Esa burguesía, que por la noche toma vino y durante el día ‘mate’, es tan plañidera!”.

Gombrowicz tomó distancia de una literatura que juzgó pretenciosa y falsa, europeizante, la del grupo nucleado en torno a Victoria Ocampo y a la revista Sur, en primer lugar; pero también se apartó, con reprobación estética y moral, de los que reclamaban una literatura fiel a las raíces indoamericanas o políticamente comprometida. Forzosamente, este mapa tiene que resultar esquemático, caricaturesco quizás. Un día habrá que comparar el registro de Gombrowicz de su excursión por el río Paraná con las crónicas de Rodolfo Walsh sobre esa misma geografía. Es cierto que Gombrowicz declara que no quiso realizar una descripción objetiva, sino únicamente plasmar sus vivencias personales de Argentina; pero, ¿qué valor otorgarle a la exposición de esas vivencias si, cuando leemos a Walsh, advertimos que el parte sensual de Gombrowicz sustrae la atención de una realidad social y humana cercada intencionalmente por la miseria y la muerte? Hay un fragmento revelador en el Diario Argentino. Gombrowicz toma unas vacaciones en La Falda y hace nuevos amigos, jóvenes, despreocupados. La escena es candorosa. Gombrowicz nota su “armonía con América Latina” y, entre paréntesis, agrega: “mi hermano y mi sobrino se encontraban entonces en un campo de concentración; mi madre y mi hermana habían escapado de Varsovia en ruinas y vagaban por la provincia, y sobre el Rin estallaba el rugido de la última contraofensiva alemana; pero ese rugido, ese grito del que no me olvidaba, tan sólo aumentaba mi silencio”.

Como en esos jóvenes de las sierras de Córdoba, Gombrowicz encuentra en Argentina otros prototipos humanos por los que manifiesta veneración; pero no se trata de mucho más que de exponentes imaginarios de una inocencia prehistórica, de las manifestaciones antropomórficas de una idea filosófica, la de la inmadurez, la de la juventud. El yo ficcional de Gombrowicz se entrega a esa fascinación con más fe que Husserl, al que la evocación de los aborígenes papúas o de los indios americanos exhibidos en las ferias de Europa le hace exclamar: “¡Nosotros, los europeos, jamás nos aindiaremos!”. Gombrowicz está más desencantado de Europa que Husserl, y por eso, porque ha asumido con más aplomo el fin de la Historia, es decir, de Europa, su mirada concentra una mayor expectativa.

Partidario de un universalismo inmaduro, elusivo a las afirmaciones categóricas y a las totalizaciones concluyentes, Gombrowicz, sin embargo, no rehúsa augurar un largo porvenir al arte. Pero, ¿de qué arte se trata? Porque el arte también es cosa de madurez, hijo dilecto de esa Europa que ingresaba en el domingo de la Historia. Ahora quedan hechos, sin jerarquías, y epígonos de la literatura decimonónica, escribiendo cuentos y novelas. Lo que hay es un archipiélago lingüístico inconmensurable, formado de twetts o posts multiplicándose y enlazándose, para brillar un instante contra el firmamento oscuro. Gombrowicz no se disgustaría con esta belleza efímera. Pero ya está un poco viejo para desplazarse con gracia por el nuevo territorio de los empiristas felices.

El 13 y 14 de agosto, en el Auditorio Hugo Chávez del Pabellón Venezuela (Ciudad Universitaria), se realizará el “Coloquio Gombrowicz, o la Pasión de Ser Joven”, organizado por el CIEC y la SEU-UNC.

Ignacio Barbeito

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