Tauromaquia

Tauromaquia

Guillermo Vázquez

Desde algunos espacios de la UNC –entre los que se cuenta esta revista– se viene insistiendo en dos procesos político-sociales como claves para pensar la actualidad y discutir su legado: la reforma del 18 y el gobierno cordobés de los años 73-74. Deodoro Roca y Ricardo Obregón Cano aparecen como personajes paradigmáticos de ambos momentos.

En Deodoro y Obregón hubo una cierta tauromaquia (que nada tiene que ver con el maltrato animal; más bien, como veremos, por el contrario), que metafóricamente podríamos vincular con sus habilidades retóricas y políticas en medio de épocas tempestuosas. Pero también hubo una tauromaquia explícita, literal, que queremos recordar acá.

Los toros suelen ser ubicados fácilmente en las constelaciones del humor o de la caricatura; es un poco lo que hace Deodoro Roca en la famosa “defensa del toro” –traída siempre a colación por los defensores pintorescos, despolitizantes de Deodoro–, que es en realidad la defensa de un ciudadano de Ongamira enjuiciado por un turista que fue atacado por un toro en las inmediaciones de su propiedad. Allí Roca señala una culpa de la víctima, pero con argumentaciones que hacen de la pieza jurídica un verdadero (otro) manifiesto: “el accidente había sido algo así como una venganza del paisaje áspero y sellado de Ongamira por los diarios ultrajes del turismo seriado y que el toro había sido algo así como el paisaje en acción”. Y también: “un toro no es como un paisaje. A un paisaje se lo puede ametrallar, y hasta ofender, con una maquinita pueril y no dice nada, ni se aparta, ni embiste. Un toro es cosa distinta. Cualquier ademán puede ser contraproducente”. Deodoro habla en otros textos del “toro de la revolución”.

Lo de Obregón es distinto, pero tan anecdótico como político (como en el caso de Roca). Debe haber sido en las vísperas del conflicto por el lock-out patronal de los comercializadores de la carne, sobre el final del 73, donde el gobernador da un discurso ante un auditorio de obreros, militantes, funcionarios y demás, parado, transpirado (se asomaba el verano cordobés: diciembre), con la oratoria brillante que siempre lo caracterizó. Allí Obregón lanza una frase que parece bíblica –más bien ligada al Antiguo Testamento, a diferencia del furor evangélico (que está en otros discursos de Obregón) que cultivaron con pasión otros peronistas laicos, como Raimundo Ongaro, Eva Perón o Alicia Eguren–, en medio de una descripción de la grave situación política que quería llevarse puesto a su gobierno (“porque poderosos intereses se opondrán a esta marcha victoriosa del pueblo”); dice “por eso vamos templando nuestros espíritus”. Esa frase me quedó grabada más que cualquier otra de aquella época. Una época de grandes frases, pero quedó ésa, como ubicada en una época que no podía, acaso, entenderla. ¿Qué quiere decir con eso un dirigente político como Obregón, en medio de una época donde la templanza podría haber sido tomada, a lo sumo, como un privilegio burgués? Eran ya las vísperas de lo que se avecinaba a fines de febrero del 74, y de la noche negrísima que vendría en marzo del 76. Aquel diciembre, el gobierno provincial, cuya dupla en el ejecutivo eran Obregón y el inolvidable mártir popular Atilio López, manda a confiscar 1500 reses, para evitar la falta de abastecimiento de la población. Se cuenta por lo bajo que se hizo con muchos empleados de las juventudes políticas de aquel entonces, y que carnearon a un toro campeón. Creo que Obregón le hablaba, entre otros destinatarios, a los jóvenes peronistas y sus excesos en aquella intervención de las 1500 reses, sobre todo la del toro campeón carneado (lo particular); así como también, obviamente, su frase tenía un anclaje político muy claro (general), que tocaba lo local, lo nacional y lo continental.

Hay una tauromaquia política tanto en la explicación de la acción causal del toro “defendido” por Deodoro Roca, vengándose de la barbarie de la frivolidad ante el paisaje rural cordobés (“turistas Kodak” los llama Deodoro); y en la frase de Obregón en las vísperas del carneo de un toro (“símbolo de la oligarquía”, se diría en la época) en el caso de los jóvenes militantes del FREJULI cordobés. Quizás es el reverso total de la frase del torero acaso más famoso que haya existido, Manolete, cuando un entrevistador le preguntó por los toros: yo a los toros los mato, dijo. Acá es precisamente lo contrario.

Sin embargo, sorprende lo que dice Obregón en el momento inmediatamente posterior al sintagma de la templanza de los espíritus: vamos confirmando nuestro pensamiento. ¿Cómo resuena hoy esta conexión (vamos templando nuestros espíritus, vamos confirmando nuestro pensamiento), que combina dos circunstancias –principios férreos y templanza en la acción–?

El de Obregón era un grito en medio de una tormenta que ya a esa altura comenzaba a parecer inevitable. El grito de Obregón –que habla, literalmente, a los gritos– resuena porque no manifiesta nada vinculado a “desensillar” ni dejarse pisotear o retroceder en las convicciones. No. Tampoco lo hace en medio de la nada, o en momentos como el calmo primer año del gobierno de la Alianza (la del ’99, digo): lo hace en medio de la tempestad. Es una virtud también de la tauromaquia: por eso vamos templando nuestros espíritus.

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