Cordobazos: Pasado y Presente

Guillermo Vazquez

Desde que se recuperó la democracia en los años ochenta, cada 29 de mayo proliferan mesas redondas, testimonios varios, declaraciones institucionales, notas periodísticas en la prensa gráfica, radial y televisiva, manifestaciones en las calles cordobesas, en fin: conmemoraciones varias sobre lo que se llamó –y el adverbio “universalmente” no le queda grande– el Cordobazo. Hay también cierta obligación de subir algo a las redes sociales para adherir a esa conmemoración; quizás la más común sea pegar la afamadísima foto de Tosco ordenando una columna hacia la izquierda en una marcha, o alguna frase o video. Esto al menos para cierto perfil “sociopolítico” (digamos así, emulando a los vendedores de focus groups) de quienes opinan en las redes sociales. Si algún comentarista ocasional decide manifestarse en contra de la conmemoración del Cordobazo –por ejemplo el año pasado, en el matutino La Voz del Interior–, diciendo que no es algo de lo que debamos sentirnos orgullosos, ni mucho menos, es la excusa para que miles salgan a levantar el dedo diciendo que aquel acontecimiento sigue doliendo a la “oligarquía cordobesa” y demás. Probablemente sea cierto. Pero como en general manejamos los humores en proporción, hay que decir que la enorme mayoría cordobesa que opina sobre el tema lo toma orgullosamente. A lo sumo esgrime la tantas veces expuesta “bifacialidad” cordobesa (como le gusta decir a Roberto Ferrero): la ciudad de las iglesias y la Reforma; el Cordobazo y Lacabanne; más acá, quizás: la feroz policía y la marcha de la gorra.

Quiero decir: nada ruidoso, ninguna herida pendiente, ni fuerte altercado al respecto. El Cordobazo es casi una celebración como la expulsión de las invasiones inglesas o alguna batalla contra los realistas españoles: no se puede estar en contra. Y está bien que así sea. Sin embargo, proliferan ideas, palabras, formas, menciones, exaltamientos de algunos nombres y ocultamientos de otros, valoraciones sobre el significado de esa lucha, etc., que poco tienen en común. Es que revive en ellas una disputa, una querella. La izquierda, el peronismo, el radicalismo, la socialdemocracia, en todas las formas posibles (y cordobesas) de estas agrupaciones políticas, celebran de modo diverso el Cordobazo, con sentidos a veces contrapuestos. Se ve en la Legislatura año tras año, y sobre todo cuando en 2013 el día 29 de mayo fue declarado Día de las Luchas Populares: solo tuvo la abstención –que no incluyó palabras ofensivas a los acontecimientos del 69, sino que puso reparos en la enseñanza sobre el tema en los colegios que ordenaba la ley– del legislador García Elorrio. Pero si se leen con atención, poco en común tienen las evocaciones (por ejemplo) de los legisladores Pihen, Clavijo y Olivero.

Lo mismo ocurre en la historiografía sobre el tema (donde también deben incluirse los libros testimoniales de los partícipes de la época). Hace más de un siglo, Lenin decía que en filosofía se dejaba ver una lucha de partidos. Y si bien no necesariamente los historiadores y ensayistas que han intervenido sobre el Cordobazo están encuadrados en partidos políticos puntuales, cierto es que también de sus visiones se despliegan críticas a algunas tendencias que vienen siendo símbolos en muchos partidos. Se dice que son modos de revertir lo que muchos llaman “mitos”. Pero no mito en el sentido de Mariátegui, Sorel o Gramsci (es decir, un estandarte para la revolución), sino mito como una falsedad que el sentido común ha tomado como verdadera. “Mito” puede ser también algo hermoso, algo que queremos creer, como el que dice Perlongher en algún texto sobre Osvaldo Lamborghini: que los estudiantes y obreros del mayo del 69 cordobés leían El fiord, al que consideraban inspiración para sus luchas. (¡Cómo nos gustaría creerle ese versazo a Perlongher!).

Hace muy poco, a propósito del acompañamiento de los organismos de derechos humanos argentinos a la marcha que conmemoraba las víctimas del genocidio armenio, Diego Tatián decía que no solamente el pasado ayuda a comprender el presente –frase hecha, como los posteos del Cordobazo en Facebook–, sino que solo desde el presente podemos comprender el pasado. Para evitar que las conmemoraciones del Cordobazo sigan siendo domesticadas en una aceptación condescendiente y obvia (que excede claramente lo sindical), quizás sea de utilidad para el debate público de la política cordobesa la pluralidad de interpretaciones sobre semejante acontecimiento social y político. Pluralidad de interpretaciones que debe, que necesita imperiosamente, mostrarse conflictiva entre sí (como mostrará este dossier, creemos). Porque, contra el dominio de los formadores de focus gropus, de encuestas que inflan y desinflan, de lenguajes muertos en la discusión política, este momento de Córdoba y sus debates pendientes, quizás también pueda alumbrar con mayor fuerza las causas y consecuencias de aquel encuentro popular del que hoy todos nos sentimos orgullosos.

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