¿Quién quiere ser culto?

Mariano Barbieri en DEODORO Septiembre, 014

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En Argentina hay más televisores que inodoros: algunos datos son metáforas. La estadística, mal que lo nieguen, es un género literario.

La cultura es una palabra generalmente asociada al arte y –dentro del arte– al espectáculo. Como ese momento circense o pomposo que intercede como un conector entre dos o más espacios de obligaciones. Es la pausa. Como un chocolate. Distiende o eleva, según elija uno la mirada del estrés laboral o del displicente ascenso dentro del mundo de las bellas artes.

Los consumos culturales, como ningún otro consumo, representan la pertenencia y manifiestan la posesión casi exclusiva de las clases medias y altas sobre este capital. Cierto tipo de consumo cultural jerarquiza. Así, muchas de las reglas del arte responden a esta mirada y el conocimiento –de esas reglas– es, muchas veces, un mecanismo de preservación de la desigualdad.

Instantánea asociada: en un centro cultural de la segunda ciudad más importante del país, un cantor popular se niega a interpretar su repertorio si no es presentado por otra persona que, antes, hable un rato sobre él. Quisiera que armes una mesita enfrente del escenario para un grupo de periodistas –sugiere después–. Fijate que esté linda, que no les falte nada. Las personas que trabajan en el lugar dejan todo en condiciones. Los periodistas no van a pagar por su comida.

¿Se puede hablar de la cultura como una esfera autónoma? ¿Las ideas, en este plano, son lo mismo que la cultura? Capitalismo de signos y espacios, le llama Ana Wortman a esta difusa frontera que existe entre arte y la industria. ¿Cuáles son los límites de lo cultural y, pongamos por caso, lo no cultural? ¿Por qué los consumos culturales no estudian, por ejemplo, el consumo de un auto o de una mesa? En las máquinas que construyen los hombres hay unos circuitos de ingenio que se pueden compartir, que unas mentes comparten con otras. Igual que se comparte la poesía (John Berger, en Cartas de A para X). Las artes son acaso un porcentaje menor dentro del campo de la cultura que lo excede ampliamente.

Las tasas de lectura de nuestro país son de las más altas de Latinoamérica. Más del 85% de los argentinos lee en distintos formatos y uno de cada tres lee libros semanalmente. Es, para orgullo de todos nosotros, el país más lector de América Latina.

Instantánea asociada: un día como hoy, entre las descascaradas paredes de un centro cultural, siete poetas reunidos no encontraban acuerdo sobre el orden de sus lecturas. Se discutían trayectorias, merecimientos, publicaciones. Finalmente se resolvió por sorteo. Los artistas subieron al escenario y recuperaron la tradición de los mejores poetas del Río de la Plata. Se recordaron seres imprescindibles y valores perdidos de una sociedad que se muerde la cola persiguiendo el dinero y la comodidad.

Los quioscos donde se vende esta revista, cada vez venden menos revistas como esta. Del mismo modo que las disquerías que venden los discos o los videoclubes que alquilan o venden películas también observan el mismo retroceso. Todos estos rubros vivimos bajo la tentación de hablar de la extinción. De la muerte de algo. Es parte del instinto conservador, de la protección de lo que en apariencia, siempre existió. Pero las canchas de paddle también se extinguieron y la gente no dejó de hacer deportes. Los formatos cambiaron pero ni las creaciones culturales, ni los consumos detuvieron su marcha porque la cultura, a pesar de todos sus empaquetamientos, es antes que nada, una manera de estar vivo. Y la melancolía es tan sólo eso: melancolía.

Una lectura sobre los consumos culturales orienta la percepción sobre las trayectorias de las sociedades, sus discursos y las maneras –y formatos– predominantes y subalternos de ver y modificar el mundo en un momento determinado.

A la aspiración de ser culto habrá que leerla con la lupa de las categorías de la alta cultura y la cultura popular, en función del capital social de relaciones y de la proximidad con los valores de las visiones hegemónicas sobre lo deseable y lo permitido. Con demasiada frecuencia, sabemos, acaban extendiéndose al conjunto del mundo social rasgos que se refieren a un microcosmos. La cultura es pertenecer, habitar, sentir. Ser culto, por lo visto, es otra cosa.