Ciencia y Tecnología Argentina: ¿Sagrada Familia Laica?

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Ciencia y Tecnología Argentina: ¿Sagrada Familia Laica?

Por Roberto A. Rovasio, [Profesor Emérito (UNC), exInvestigador Principal (CONICET)]

En un crítico análisis histórico-dialéctico de la Ciencia y Tecnología (CyT), es inevitable la recurrente percepción lampedusiana de cambiar algo para que nada cambie. Imagen válida desde lo nacional y regional hasta ―con más protagonismo― lo planetario.

Sobre los hombros de ilustres pioneros, desde Tales de Mileto (624-545 AC) en adelante, la llamada CyT moderna irrumpió en occidente luego de la Gran Guerra y amplió su dominio a partir de la Segunda Post-guerra Mundial, cuando se proyectaron las bases (Guerra Fría mediante) del actual prorrateo hegemónico del poder fáctico mundial.

Se podría admitir que en Argentina, luego de la primigenia etapa colonial, la museística, el relevamiento naturalista y los precursores “sabios alemanes sarmientinos”, la CyT moderna se inició entre los años 1930s y 1940s. Sobre todo, bajo la bandera de la industrialización en un país donde el conservadurismo agrícola-ganadero, para cumplir con sus designios económicos, solo había necesitado mantener la lujuria bovina en una fértil y rebosante pampa.

Primeros acuerdos y conflictos

Entre 1940 y 1955, el vínculo de la CyT con la industria y el desarrollo nacional se desarrolló en las esferas militar, productiva y científica. Estos actores protagonizaron numerosos y mutuos conflictos que caracterizaron la etapa, con disputas asociadas al poder político de turno. Sin embargo, en esa época se comenzó a gestar la idea de actividad científica como profesión y se sembraron los núcleos de lo que luego serían las instituciones de CyT.

El interés de la incipiente CyT pasaba por la explotación de materias primas locales, la organización científica del trabajo, la normalización de materiales y el desarrollo de la investigación. Esta última asociada a la creación de laboratorios universitarios con fuerte intervención del Estado y marcada orientación industrialista. Como consecuencia de los movimientos político-castrenses, diversas cohortes de científicos contestatarios fueron eyectadas del sistema y contribuyeron a crear instituciones de investigación científica en el ámbito privado, financiadas por empresas y fundaciones nacionales y extranjeras.

En esa vacilante etapa, la controversia desarrollada por la CyT en los países centrales también se reflejó en Argentina como dos vertientes principales y contrapuestas. Los defensores de la ciencia universal, libre o autónoma (luego llamada “cientificista”) y los que propiciaban una ciencia más planificada hacia intereses nacionales y regionales.

La elite científica de la época, orientada hacia las ciencias biomédicas y basada en la investigación libre y autónoma liderada por Bernardo Houssay (V. Deulofeu, L. Parodi, E. Braun Menéndez, J. T. Lewis, A. C. Taquini, L. F. Leloir), disponía de mayor peso relativo comparado con la casi inexistente tradición en investigación industrial. Esto les permitió segregar la investigación básica original de las actividades técnicas y profesionales, consideradas subalternas, y que hoy se llamarían de transferencia tecnológica.

La otra vertiente, a la luz de la todavía cercana post-guerra, proponía orientar la ciencia hacia objetivos de desarrollo nacional ubicados en las áreas metalúrgica, aeronáutica y nuclear (M. Savio, E. Mosconi, E. Gaviola, J. A. Balseiro); donde también confluían sectores académicos de sesgo humanista liderado por Rolando García (F. González Bonorino, I. Pirosky, H. Ciancaglini, A. Zanetta).

Fueron épocas de grandes conflictos conceptuales y semánticos sobre ciencia básica, pura o fundamental, ciencia aplicada, aplicación de la ciencia, inventos y descubrimientos, técnica y tecnología, etc. Pero aún cuando ambos grupos tuvieron representación institucional durante muchos años y gobiernos, el liderazgo fue mantenido, explícito o no, por la “Escuela de Houssay”.

Años dorados” y algo más

El período de 1955 a 1973 comenzó y terminó con sendos golpes de estado conocidos por los eufemismos Revolución Libertadora y Revolución Argentina, motines vocingleros que no fueron revolucionarios, ni libertadores, ni exclusivamente argentinos. Entre ambos, la CyT supo de enormes y contradictorias experiencias, no siempre ligadas a lo académico, ya que los grupos en conflicto competían por los escasos recursos que el Estado estaba en condiciones (y en la voluntad) de aportar al sector. No obstante, basadas en proyectos anteriores, se crearon instituciones aún vigentes (INTI, INTA, CNEA, CONICET, etc.) y nuevas carreras e institutos de investigación, reformulando las funciones universitarias en un proceso de clara “desperonización”.

Los conflictos en Universidades y CONICET fueron centrales en el abanico político-ideológico de este capítulo, donde también convergieron (o chocaron) las ideas democráticas-liberales con las tradiciones de raíz católico-conservadora. El intento de la autoridad militar de turno por satisfacer a ambos sectores fue, como era previsible, un fracaso.

La fluida asistencia técnica y financiera de instituciones internacionales (OEA, UNESCO) y Fundaciones (Ford y Rockefeller) de EEUU, dieron lugar a los denominados “años dorados de la ciencia argentina”. Sin embargo, los administradores de este período aportaron poco al avance de la CyT, cuyas discursivas bondades allí quedaban. Asimismo, los intentos de autonomía nacional de los gobiernos civiles entre-golpes (anulación de indignos contratos petroleros, ley de soberanía en medicamentos, etc.), fueron detonantes de la citada Revolución Argentina con su Noche de los Bastones Largos (invasión de hordas militarizadas a las universidades, 400 detenidos sólo en Buenos Aires, cientos de Profesores despedidos y más de 300 exiliados, destrucción de laboratorios y bibliotecas, censura de la enseñanza).

Durante la dictadura de Onganía, la búsqueda para la Argentina de un “modelo exterior”, como el Modelo Belga a mediados de 1960s, fue guiada por instrucciones que permitieran incluir en un solo organismo al conjunto de Consejos de Ciencia y Tecnología, de Desarrollo y de Seguridad. De esta forma, se aseguraba el control político-ideológico del conocimiento, con o sin participación de los agentes involucrados.

En lo académico-universitario, los aportes del Estado a la CyT no fueron relevantes y la elite tradicional, representada ahora por los “hijos y nietos académicos de Bernardo Houssay”, siguió comandando el área como referente de la ciencia argentina, que comenzó a ser caratulada como “cientificista”. Así, en 1969, el libro de Oscar Varsavsky, Ciencia, política y cientificismo (CEAL, Buenos Aires) planteó críticas básicas, como la ausencia de planificación, falta de políticas explícitas sobre necesidades nacionales, desconexión entre producción y uso del conocimiento, impacto de fondos extranjeros para definir líneas de investigación. En el mismo sentido, la revista Ciencia Nueva impulsada por Manuel Sadosky permitió la participación del progresismo científico nacional e internacional (www.ciencianueva.com). La radicalización de la ciencia reflejaba lo que ocurría en el mundo: Guerra Fría, Guerra de Vietnam, Tercer Mundo, Mayo Francés, Teología de la Liberación, Cordobazo, Ecologismo, etc.

Ideas contestatarias al establishment, aunque más moderadas, tenían una guía en Jorge Sábato, y así, diferentes corrientes del pensamiento científico fueron tomando forma en discusiones sobre Ciencia e Ideología, Relaciones Centro-Periferia, Teoría de la Dependencia y Responsabilidad Social del Científico.

De la sartén al fuego

La década de 1973 a 1983, contuvo una esperanza democrática y una vorágine de horror, donde la ciencia y la academia no fueron ajenas. El corto paréntesis civil inicial, condicionado por proscripciones y escurrimientos ideológicos, no fue brillante para la CyT. Su nuevo organismo rector, la Secretaria de CyT, cambió cinco veces su denominación y dependencia, así como diez autoridades que nunca completaron su mandato. El CONICET, luego de la muerte de B. Houssay en 1971, también mutó de autoridades, dependencias e intervenciones. La proporción del presupuesto para la SECYT bajó del 8,8% en 1973 al 2,3% en 1982, y el de Universidades del 27,9% al 8,3%, mientras en la selectiva reestructuración del INTA, destinada a favorecer corporaciones terratenientes, se mantuvo entre 25 y 40%, lo que también explica el aumento relativo de la inversión en CyT con relación al PBI (0,28% al 0,40%).

Universidades, CONICET y SECYT, organismos “potencialmente subversivos”, pasaron a depender del Ministerio de Educación, y gran parte de las cúpulas académico-universitarias fueron ocupadas por lo más rancio de la tradicional estirpe católico-conservadora. Desde el Ministerio de Educación y el Rectorado de la UBA (solo una muestra) se inició la “eliminación del desorden” y “su depuración ideológica”. En Córdoba (copiando a la dictadura griega) se prohibió la Matemática Moderna y su Teoría de Conjuntos, por incluir “terminología subversiva” (SIC).

El avance de la ultraderecha y de los grupos parapoliciales, con el cuartelazo para “aniquilar la subversión” (cualquier rebeldía del campo laboral, educativo y cultural), sentaron las bases del feroz Terrorismo de Estado. Así, el golpe de marzo de 1976, bajo el nuevo eufemismo de Proceso de Reorganización Nacional, fue solo un trámite esperado y aprobado por gran parte de la sociedad. La añeja Doctrina de la Seguridad Nacional y el novel Neoliberalismo llegaban para quedarse.

Entre los vaivenes político-castrenses locales y el modelo institucional internacional (ONU, UNESCO, OCDE, OEA), la CyT nacional se configuró bajo la estrecha supervisión de EE.UU. y sin disimulada coacción para su adopción. Bajo ese paradigma, sin abandonar el discurso del desarrollo científico y la transferencia de conocimientos, un tercio de las actividades científicas siguió en la órbita de investigación básica, el 40% del personal sirvió en el área de ciencias médicas y más del 30% de los proyectos se aplicaron a la adquisición de conocimientos. También se destacó la atomización institucional, con 30% de los institutos formados por 5 o menos científicos, escaso apoyo económico y gran concentración metropolitana con el 30% de los institutos y la mitad de los recursos financieros.

Como en la década anterior, los relevamientos impulsados por organismos internacionales revelaron deficiencias y reiteraron críticas a la CyT. Sin embargo, no se cambió la dependencia ideológica dominante en la estrategia de crecimiento o de modelo de desarrollo con fuerte impronta economicista. Aun así, emergieron grupos que intentaron desacralizar la ciencia al cuestionar el “modelo lineal” según el cual la ciencia básica es seguida “naturalmente” por la investigación aplicada, el desarrollo, la innovación tecnológica y el bienestar social (bases de la conocida Teoría del Derrame neoliberal).

Actualizando previas estrategias, hacia el final del período y con carácter retórico, se volvieron a considerar las prioridades regionales, los recursos naturales, etc. No obstante, en la dimensión política práctica, se establecieron condiciones para crear o modificar universidades bajo el modelo de las Research Universities estadounidenses, departamentalización, creación de Campus, inserción en el aparato productivo y matrícula limitada a 15 a 25 mil estudiantes.

Parte de la jerga institucional de la época fueron los Programas Prioritarios, Programas Orientados, Programas Libres, Programas Nacionales…, de tecnologías varias, de electrónicas y anexos, de enfermedades endémicas diversas, de viviendas y afines, de energías no convencionales, de radiopropagación, de recursos naturales renovables, de petroquímica, de biotecnología, de ingeniería genética y, la última moda, los Programas de Transferencia. Muy pocos de ellos fueron genuinamente productivos. También se “descubrió” (con varios lustros de atraso) la idea del trabajo multidisciplinario, sin que ello fuese óbice para que, apoyados en ese discurso, la mayoría de los investigadores siguieran trabajando cada uno en su “nicho ecológico”.

Entre el eufemismo, la ambigüedad y el repertorio pseudo-científico, se pretendió convencer a los investigadores (y a la sociedad!!) de las bondades y factibilidad automática de trasladar el conocimiento a las empresas e industrias privadas nacionales, que no existían y que casi nunca habían pedido a la CyT vernácula su intervención para resolver problemas. El investigador en su laboratorio, a la hora de solicitar un subsidio, aunque su proyecto contemplara estudiar El Spin Anti-horario del Electrón en el Átomo de Hidrógeno, tenía que congraciar su proyecto proponiendo una “aplicación”, so pena de no recibir una moneda. Lo mismo que en los años iniciales de este periodo, cuando todo investigador que se respetara debía estudiar (algo) sobre Chagas, caso contrario sería tildado de anti-patriota y no recibiría un peso para su trabajo. (Vale considerar que, actualmente, sigue habiendo los históricos 3 millones de Chagásicos).

El vaciamiento de la CyT en el seno de las universidades, así como el descalabro que se intenta resumir, no respondió sólo a ineficiencia. En las complejas y cambiantes tensiones de este atroz decenio, la relación de fuerzas internas al poder fáctico quedaron dirimidas desde el primer momento, entre una facción que pugnaba por un Superministerio de Planificación y otra que implantaría el Superministerio de Economía, con los conocidos resultados sobre la imposición neoliberal que sería redundante repetir. Mientras tanto, las segundas y terceras líneas de mando de la CyT seguían configuradas, no sin conflictos y pese a los discursos aperturistas, dentro la órbita de la “ciencia libre y autónoma tradicional”, ahora de la mano de los “nietos y bisnietos académicos de Bernardo Houssay”, que lograron adaptarse y sobrevivir.

CyT en la democracia neoliberal

La época entre 1983 y 2003, como en la década anterior, fue marcada por un revoltijo de ilusión y desconsuelo. La llegada de un gobierno elegido por el pueblo llenó de esperanzas y las insuperadas tensiones tuvieron un viso de solución al unificarse la gestión de SECYT y CONICET bajo el liderazgo de Manuel Sadosky, respetado académico que aportó cohesión científica y política. La reversión de la concentración de la CyT en el CONICET en detrimento de las Universidades, prolongada desde la muerte de B. Houssay en 1971, fue una de sus exitosas políticas.

Mientras tanto, los poderes económicos se agazaparon, esperaron y rebrotaron con toda su parafernalia neoliberal, ahora no apoyada por las armas sediciosas sino por deslealtades políticas con disfraz democrático, que la población esperanzada no parecía comprender. Durante la década del menemato, el CONICET fue reiteradamente intervenido por una selecta cofradía con estrechos vínculos castrenses y clericales, que revirtió el breve remanso de la CyT. En esa época abundaron los titulares sobre si “…valía la pena resucitar la ciencia argentina??”.

La bamboleante CyT continuó naturalizando la tradicional dependencia y el paradigma científico trazado en décadas anteriores se expandió apoyado por “préstamos” del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Los compromisos contraídos con esa entidad financiera abarcaban los modos y criterios para formular y evaluar políticas científicas, así como agendas de investigación, provisión de insumos y compra de equipamiento. La actividad científica muy centralizada, el control del BID y el repertorio de institutos gestionados por directores con alto grado de discrecionalidad sobre la orientación temática y el manejo de recursos, fueron el denominador común que llevó al debilitamiento de los mecanismos competitivos y a la imposibilidad de apartarse de lo decidido por gestores vernáculos y foráneos. Cuando la situación se transformó de mala en calamitosa, el BID propuso (con fuerza de orden) la “privatización del CONICET”, impedida por la densa oposición de los investigadores.

Las luchas y paradojas no fueron pocas en la principal institución de CyT del país, diseñada, creada y conducida por el peso de un Nobel. La tradicional “Escuela de Houssay” desconfiaba de la burocracia estatal y juzgaba que sólo los científicos estaban en condiciones de definir su actividad, así como su orientación y política. Por otra parte, desde el seno institucional se levantaron voces sobre la “intromisión de la política en el campo científico”, las “prácticas clientelares”, las “tradiciones, hábitos e intereses de grupos”; en suma, de la influencia de “…los mediocres del sistema científico apoyados en sectores del poder político”.

La creación de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica (ANPCYT) como promotora de CyT, estableciendo las tareas de ejecución al CONICET, tampoco fue garantía de equidad, sino el peligro de su disolución como respuesta a los siempre presentes intereses personales y de sub-grupos de poder. Las propuestas de nuevas formas de elección de autoridades, de normas de asociación con terceros, de criterios de evaluación institucional y de re-integración con universidades, fueron intentos para lograr la unidad de la CyT, aunque para otros significaba la “desviación de la misión original del CONICET”. Mientras unos hablaban de “refundación”, otros lo consideraban su “refundición”.

Como en décadas anteriores, quizás desde los años 1930s, el problema de la CyT seguía irresuelto y sin duda no solo obedeció a las interpretaciones y opiniones de diferentes vertientes, sino a la filosofía ―la ideología― de formas de pensamiento tradicionales y dependientes, que eran la base de los vaivenes políticos del pasado y presente. En la bisagra del nuevo siglo, los débiles y erráticos gobiernos no mejoraron la situación, reiteraron las oscilaciones e introdujeron en la jerga la nueva moda de la “Innovación en CyT”, importada sin críticas ―como en el pasado― del Hemisferio Norte. Entretanto, con altibajos, los descendientes de la “Escuela de Houssay” mantuvieron el liderazgo.

No solo de subsidios vive el hombre…

La reciente etapa de 2003 a 2015 fue testigo de movimientos profundos en la CyT argentina. Los dilemas del pasado intentaron ser resueltos (olvidados o postergados) y la recuperación económica de la década permitió reparar viejos lastres sociales, afectando también a la CyT con un incremento de la inversión al 0,6% del PBI y al 6% para Educación más CyT.

El nuevo Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva aumentó el aporte para la investigación y desarrollo, así como el número de becarios e investigadores, los salarios, instrumentos y equipos. Se crearon nuevos polos científico-tecnológicos e institutos asociados con Universidades. Se repatriaron científicos y se acercó la ciencia a la población. Sin embargo, los científicos siguieron transitando el conocido camino: egreso universitario, doctorado, postdoctorado en el Hemisferio Norte con “elección” del tema de trabajo, ocasional regreso al país con un tema de trabajo “exclusivo” por la escasa masa crítica local, desarrollo del tema en colaboración con el extranjero, ilusión de competitividad global y dirección de doctorandos (que repetirán el periplo).

Sin cuestionar los recientes avances producidos en aspectos claves de la CyT, es claro que tal progreso solo respondió a la decisión de un mayor aporte financiero al sistema, sin cambios en la base filosófica (ideológica) de CyT. En suma, el BID, el Banco Mundial o sus análogos, siguieron marcando el paso de la CyT argentina. Nunca se hizo (o se publicó) un balance entre científicos emigrados y repatriados, y quizás sea temprano para visualizar el aporte genuino de estos últimos. Tampoco se cuestionó, y poco se consultó más allá de selectos cenáculos, el criterio para evaluar ingreso y permanencia en el sistema de CyT, o para obtener subsidios, o para crear institutos. El rótulo de “innovación productiva” pocas veces fue más que un slogan y muchas ofertas de apoyo para la asociación ciencia-industria, o para las nupcias entre ciencia básica y transferencia de conocimientos, fueron declarados desiertos por falta de postulantes. Asimismo, pocos de los proyectos financiados lograron genuinas innovaciones o transferencias, aun bajo los criterios del dictum del Hemisferio Norte (publicaciones y patentes).

La “Escuela de Houssay” siguió presente y liderando muchos aspectos de la CyT. Pero, en los que apilan años domina la impresión de una larga película que prolonga la saga desde los años 1930s. Sin embargo, la renovación de actores permitió interpretar cada presunto cambio como algo innovador y original, con la complicidad de los que conociendo el film, callan y otorgan.

Incierto horizonte de la CyT

En el pasado, las prolíficas y tradicionales Sagradas Familias repartían sus hijos hacia el destino agrícola-ganadero, sin descuidar la ofrenda a la milicia, la curia, la cancillería y los partidos políticos (incluso rivales), donde tenía sitio hasta alguna oveja negra anarquista. Esto aseguraba una sólida presencia familiar, protegida de adversidades en los inevitables tiempos de cambios políticos. Hoy, una menos prolífica pero aun tradicional Sagrada Familia Laica de la CyT también se consagra a la moderna fuerza viva de empresas, movimientos partidarios y pseudo-liderazgos mundiales de CyT, asegurando así un sólido amparo frente a los vaivenes sociales, con garantía de un eventual “retorno a las fuentes” y, sobre todo, manteniendo los superiores intereses ideológicos del poder global de turno. Quizás, ya no debería interesar si sigue vigente el liderazgo de la “Escuela de Houssay”, ya que puede ser el momento de superar esa opción.

Es claro que hoy se transita otra bisagra de la historia nacional, y no solo de la CyT. Pero el futuro de este esencial componente y de su entorno y soporte es, al menos, incierto. La pregunta que algunos se formulan sobre: ¿Qué clase de CyT queremos? debería subordinarse a: ¿En qué clase de país la queremos? Nadie sabe las respuestas que pueden emanar de los diferentes enfoques, que nunca serán sencillas ni completas y no siempre ciertas. Pero, no hay respuestas sin el coraje de las preguntas iniciales. Que, sin duda, deberían proyectarse a realidades nacionales y regionales en la producción del conocimiento y su transferencia.

Que el único prorrogado del actual gabinete sea el Ministro de CyT, podría ser solo una anécdota detrás de las veladuras de una denominada “política de estado”. Que el ministro reconozca que el país “rebalsa de cerebros” que tendrán que salir al exterior, ¿es diferente que cuando se hablaba de “fuga de cerebros”? En esta óptica, los 3000 investigadores del CONICET en 2003, elevados a 9000 en 2016 y proyectados a 14.000 en una próxima etapa, ¿no es equivalente a seguir ofreciendo mano de obra calificada y barata al Hemisferio Norte? A menos que se haya pensado (planificado) donde ubicar en el país a esos nuevos profesionales. En el mismo contexto, además del aceite de nuez o los ovillos de pelo de guanaco, ¿no sería trascendente fabricar las vacunas que el país está en condiciones de fabricar, aún a contramano de las multinacionales farmacéuticas?

El señor Ministro de CyT promete con euforia nuevas inversiones de los “aliados históricos” (Europa y EE.UU.), para la innovación productiva, la integración empresarial y la captación de capitales (préstamos) del exterior. Pretende un “sector productivo innovador, un sector privado demandante de tecnologías y que aporte a sostener actividades de investigación y desarrollo”. Y sobre esta especie de realismo mágico de la CyT vernácula, anticipa la “contribución de las decisiones empresariales apoyadas en modernos criterios de medición respaldados en parámetros de consenso internacional”. Discurso pasatista que, con ligeros cambios de jerga (pero no de actores), se escuchó en forma reiterada en los últimos 70 años.

Mientras tanto, como prueba de la potenciación del federalismo y de las economías regionales, se mencionan algunos nuevos centros o parques tecnológicos “del interior”, aunque a la hora de discutir sobre políticas nacionales de CyT, la “mesa chica” sigue ocupada ―en el mejor de los casos― por algunos cerebros de la CABA y zona bonaerense, empresarios y “gestores internacionales”. Asimismo, es lamentable que el Ministro que no se opuso a la importación, fabricación y uso de agrotóxicos, declare que está comprobado que dichos productos no producen cáncer, cuando en muchos países desarrollados del Hemisferio Norte los mismos agrotóxicos están prohibidos por la misma razón que el ministro parece ignorar y que la población de la pampa húmeda (y menos húmeda) padece.

La sobada frase: “Si al gobierno le va bien, al país se irá bien” no puede ser más falaz. Precisamente, porque en CyT como en otras áreas, en “qué clase de país la queremos” es lo primero que debiera ser reconocido y asumido. Los indicios del presente rumbo en CyT, al explicitar ―entre otros aspectos― que la mejora económica (sueldos) no se ha acompañado de aumento en la “productividad científica” (papers y patentes), indican claramente que el rumbo de la CyT vernácula nunca cambió en forma significativa desde los años 1930s, y que se están abriendo las puertas para una eventual, próxima y neoliberal retracción del sistema.

Hace años se acuñó el concepto de Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS), apuntando a ser mucho más que un slogan. También se intentó recuperar programas como el de Pensamiento Latinoamericano en Ciencia, Tecnología y Desarrollo (PLACTED). Estos y otros esfuerzos para progresar hacia intereses y objetivos de un sistema con clara soberanía intelectual en CyT, procuraría que el científico asuma su responsabilidad frente a la sociedad. Y no simplemente subirse (o mantenerse) en un tren conducido por “los que saben” hacia una no definida “excelencia científica”.

La pretensión de promover cambios basados en las propias ideas es, sin duda, un camino difícil, aunque más gratificante que proponer mudar de formato, adaptarse y asumir que los gatos pardos también son atractivos, al mejor estilo lampeduciano.

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