Historietas debajo de la almohada

In Literatura

Historietas debajo de la almohada

Iván Lomsacov (Lic. en Ciencias de la Información)

Provechosamente, el cómic y sus creadores se alimentaron de sueños desde temprano. Y ejemplos hay muchos, distribuidos en toda la biografía de este arte. Pero los casos emblemáticos de dos historietas norteamericanas permiten observar el abordaje de la cuestión onírica en equidistancias de ambas puntas del siglo XX: la célebre “Little Nemo in Slumberland”, que se publicó desde 1905 hasta 1914 (entre el 11 y el 14, bajo el título de “In the Land of Wonderful Dreams”) y entre 1924 y 1926, y “The Sandman”, que apareció entre 1989 y 1996.

“Little Nemo…”, íntegramente creada por Winsor McKay, salió de a una plancha semanal en suplementos dominicales de New York Herald, New York American y otros diarios estadounidenses. Los 75 capítulos de Sandman, realizados por el guionista inglés Neil Gaiman y varios dibujantes, fueron editados originalmente una vez al mes en comic-books de la editorial norteamericana D.C.

Ambas obras refieren a un mundo de sueños y cuentan con la presencia de un Morfeo –en la mitología griega, dios de los sueños, inductor y habitante de los mismos bajo diversas apariencias– como personaje. En la primera aparición del cómic de McKay, un heraldo del Rey Morfeo invita al niño protagonista al País de los Sueños para jugar con la princesa. La historieta de Gaiman es, desde el comienzo, estelarizada por el propio Morfeo, u Oneiros y muchos otros nombres, Señor de El Sueño.

Presurrealista

Cada página de “Little Nemo…” empieza con el párvulo durmiendo en su cama o comenzando a hacerlo y concluye con él despertándose bruscamente al caer de la cama y/o muy enredado en las sábanas, exclamando algo sobre su sueño o escuchando las voces de sus padres desde fuera de cuadro, lo que sella su regreso a la prosaica vigilia, subrayando que –como hoy ya es tópico narrativo– todo fue un sueño. Entre esas dos viñetas, McKay desplegaba intensas aventuras fantásticas con una hermosura estética muy influenciada por el contemporáneo y poco anterior art nouveau, y de algún modo adelantadas a otro gran movimiento cultural en la importancia que otorgó a la emergencia de lo inconsciente: el surrealismo.

Al ver una buena cantidad de páginas de “…. Slumberland” –mayormente ambientadas en los imaginados parajes del reino de Morfeo pero también en una urbanidad neoyorquina invadida de elementos fabulosos, y generalmente con progresiones narrativas de entrega a entrega pese a la periódica interrupción del despertar– es difícil pensar que McKay operara creativamente con la espontaneidad de la asociación libre de ideas que –tras la sobredosis de realidad de la Primera Guerra Mundial– propugnaron André Breton y otros, como forma de habilitar una expresión “sin la intervención reguladora de la razón”, ajena “a toda preocupación estética o moral”.

Claramente, pese a su enorme libertad, esta creación estaba más condicionada por su inserción en el soporte industrial de la prensa que las obras surrealistas que navegaron la relativa autonomía de los circuitos artísticos. Sin embargo, en lo que hace al interés puesto en la materialización en obra de una gramática de los sueños este ‘entretenimiento dominguero’ no puede dejar de verse como una avanzada presurrealista: las secuencias dibujadas de “Little Nemo…” exhiben instancias, mecanismos y efectos característicos del soñar, como distorsiones de proporción (el niño onironauta y otros personajes corriendo entre y sobre rascacielos de su tamaño, como si fueran de juguete), sugestiva experiencia de vuelo nocturno (inicialmente, montado sobre un equino llamado Somnus; y luego sobre su propia camita), animación de objetos (el lecho también estira y arquea sus patas para llevarlo ‘caminando’), mutación de una misma identidad en sucesivas apariencias, o multiplicación del mismo sujeto en copias ‘viradas”, desdoblando así aspectos de su personalidad, etc. etc. etc.

Dulcemente dark

El Sueño de “The Sandman” es un reino de otra dimensión habitado por numerosos seres y entidades –desde fantasías terroríficas como el Screaming Pumpkin y un hada de Faerie hasta dioses de diversas mitologías desde la nórdica a la china, pasando por Eva, Caín y Abel, gárgolas, cuervos y un bibliotecario que administra el archivo de sueños– donde se gestionan, entre otras cosas, los vivencias subconscientes que mortales y otros seres tendrán al dormir.

La compleja trama de esta serie, plagada de referencias intertextuales, no se desarrolla únicamente en El Sueño, sino también en la vigilia de la Tierra y en la de otros mundos, en el sueño puntual de algún humano, en el Infierno, en Asgard y otras moradas de los dioses, y en otros planos de existencia que se cruzan y solapan.

El personaje que hilvana todo, aunque no acapara el protagonismo de todos los episodios, es aludido directamente como “Sueño”, a modo de nombre o apodo de cercanía, por otros personajes, especialmente por sus seis hermanos, tan encarnaciones de potencias eternas, entidades superiores a los dioses y conductores de un dominio dimensional propio como él: Deseo, Delirio (que antes era Delicia), Desesperación, Destrucción, Destino y Muerte (en inglés, las ocho palabras comienzan con “D”).

La caracterización más habitual de este Sandman –apelativo que alude a la leyenda celta de “El Arenero”, duende que estimula la actividad onírica infantil dejando un rastro de polvo mágico sobre sus ojos– está lejos de la idea ‘loca’ y colorida más comúnmente vinculada al surrealismo, impronta estética y actitudinal que en esta serie queda más a cargo de la hermana Delirio. Este Morfeo ombrío, gélido, generalmente apático, en momentos impiadoso, aparece más conectado con la imaginería pesadillesca de bandas de rock post-punk, surgidas frente a la sobredosis de realidad opresiva que significaron los años 80 con su intensificada amenaza nuclear, que con pinturas de Miró o Dalí. Aunque la influencia más evidente es la dulcemente dark The Cure, bastante abocada también a lo onírico como estética, como tema y como fuente de creación, y de cuyos músicos el protagonista dibujado parece, no casualmente, tomar su look.

Pero Sueño también asume otras apariencias –persona de raza negra u amarilla, zorro, gato, etc.– de acuerdo a contextos e interlocutores, como ocurre con algunos habitantes de Slumberland y como ocurre en nuestros propios sueños. Y la misma mutabilidad ostenta su reino, cuyas estructuras y elementos visibles, puramente aparentes, se modifican respondiendo a la evolución/involución anímica del propio Morfeo con la misma maleabilidad y evanescencia que todo tiene en aquel plano de subconsciencia que vivimos al dormir.

despiece o recuadro

Caso cordobés

El libro “Misterios” –de reciente edición por los sellos editoriales cordobeses especializados en historietas Buengusto y Mitomante– es un cómic “mudo” experimental de sustancia completamente onírica, en su gramática, su estética y su forma de gestación. “El concepto, el formato y las cuadrículas me vinieron en sueños –cuenta su guionista, Ziul Mitomante, quien trabajó junto al dibujante Hernán González–. Suelo formular preguntas antes de ingresar allí, porque sé que los estados alfas y betas, y otros estados alterados de conciencia internos traen información muy copada. Algunas historias de “Misterios” vinieron resueltas desde esos lugares y otras fueron construidas luego con mucho esfuerzo mental. El concepto para laburar el libro fueron literalmente las cosas que son misteriosas para mí.” Como los sueños.

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